Estaba midiéndole al café la cantidad justa de azúcar, con precisión milimétrica, porque estaba a punto de acabarse y enero era siempre un mes de estantes vacíos y productos desaparecidos, un mes de escasez y silencio después de los excesos dejados atrás por la celebración absurda de la Navidad y el año nuevo. Media cucharada de azúcar y había ido acostumbrándome al café cada vez más amargo, algo que no habría importado tanto de no ser porque lo que aquellos días pasaba por café tenía un sabor ácido a aserrín quemado, un sabor a estafa y a resignación que se parecía mucho a mi estado de ánimo correoso y áspero. Había dejado el televisor encendido en la sala para hacerme compañía y desde la cocina escuché la música marcial que se elevaba de pronto interrumpiendo el programa de telemercadeo que intentaba vendernos una mopa o un juego de cuchillos. Carajo, pensé, un golpe de Estado, porque eso es lo primero que uno piensa cuando vive en este país de mierda: súbitamente estaba de nuevo en la sala de la casa de mi madre, con la falda azul marino plisada del cuarto grado de primaria, las trenzas apretadas a ambos lados de la cabeza, esperando el desayuno y viendo cómo, en la pantalla del televisor, Alegre Despertar era cortado justo en el instante en el que Tom estaba a punto de cazar a Jerry por enésima vez, y en su lugar aparecía esa misma música y la bandera tricolor ondeante que ocupaba toda la pantalla, y mamá venía corriendo desde la cocina con el trapo en las manos y se dejaba caer en el sofá, los dedos sobre los labios que no alcanzaban a pronunciar ninguna palabra, y el tiempo se detenía mientras veíamos juntas a unos militares que anunciaban cosas que no entendí del todo. Supe, como si una revelación bajara sobre mí sin palabras, que no iba a haber clases ese día y al mismo tiempo que no era motivo para alegrarse, y me quedé ahí vestida con el uniforme ahora ilógico y el olor a carbón del pan tostado que mamá había dejado olvidado en la cocina y que seguía quemándose, aún ahora, mientras intentaba frenéticamente llamar por teléfono en aquel aparato del disco rotatorio que se enganchaba en sus dedos nerviosos y la hacía marcar números incorrectos.
Creo que en ese momento ya sabía, en algún nivel de mi subconsciente, que sin importar cuán extraordinario fuera lo que estaba pasando ese día, me tocaría volver a presenciarlo varias veces más en mi vida. A los treinta y tantos, aquel sonido ya despertaba en mí una respuesta física, muscular, el recuerdo corporal del miedo, de la incertidumbre, los sonidos y los olores de varias madrugadas que se acumulaban una sobre otra. Entre golpes e intentonas, había vuelto a vivir aquella madrugada al menos cinco veces, y estaba segura -con una certeza inquebrantable y absoluta- de que me tocaría vivir al menos una más, a menos que una muerte violenta me sorprendiera en alguna esquina antes de cumplir los treinta y cinco.
De todos los recuerdos que acumulo, quizá el más indeleble sea el silencio. La mañana de Año Nuevo estaba marcada por ese silencio impenetrable, casi sólido, que reinaba sobre la ciudad. Las calles desiertas exhibían un rastro de confeti y pólvora gastada, los restos de la fiesta de la noche anterior. Eran las seis de la mañana. A diferencia del resto de la ciudad, yo me había ido a dormir temprano la noche anterior, como si fuera cualquier otra noche, indiferente a la celebración en las calles, desdeñando la música demasiado alta, los gritos alcoholizados de los vecinos, la felicidad regulada por el calendario. Había llamado a mamá a eso de las ocho para ver cómo estaba, y había comprobado que ella también planeaba ir a dormirse pronto. No le dije nada sobre Martín. No estaba preparada para su voz de pena, su "te lo dije" implícito en el tono —nunca propio de ella decirlo con todas las letras, no: lo suyo era la agresión pasiva, la compasión que rayaba justo en el borde de la lástima—. Dormí ausente del mundo, como se duerme cuando se ha tomado un par de somníferos y un trago de ron antes de acostarse. No fue sino hasta despertarme y arrastrar los pies hasta la cocina que recordé que era año nuevo, al ver el espectáculo desolado que se asomaba desde la ventana y que —de algún modo— hacía ver más lúgubre aún la pila de platos y ollas sucios del día anterior — y del día anterior a ese— que me esperaba en el fregadero. Para cuando logré reunir la voluntad suficiente, abrí la llave y solo sirvió para comprobar que no había agua, y que no había fuerza, humana o divina, que me hiciera fregar todo aquello con agua recogida. Así que me resigné a la cafetera, que era lo único que estaba limpio, y me dije que después —más tarde, o nunca— podía lidiar con lo demás.
El borboteo de la greca sirvió, al menos, para romper aquel silencio que quería perforarme los tímpanos. Aparte del vacío de las tuberías y de la ausencia de la respiración ronca de Martín en la habitación, la ciudad afuera parecía un pueblo fantasma. La gente se marchaba en estampida durante los feriados, a la playa o a cualquier otro lugar. Los demás quizá estarían durmiendo la resaca.
Como hiciera mi madre tantos años atrás, con el café en la mano me acerqué al televisor y en lugar de lo que esperaba —rostros de militares mirando a la cámara— me encontré en la pantalla con un sepelio de honores, la bandera tendida sobre un ataúd de caoba, himno nacional y desfile fúnebre en cadena de radio y televisión.
Me quedé mirando, con la extraña decepción de que no se tratara del golpe de Estado que había anticipado, pero esperando que dijeran quién era el muerto. Al poco rato, la voz inconfundible del locutor oficial —veinte años anunciando todo lo que había para anunciar en aquel país y yo todavía sin saber cómo se llamaba el hombre— pronunciaba el nombre del Ministro de Interior y Justicia, Ángel Miguel Iturriza, y pasaba a anunciar el panegírico a cargo del Presidente de la República.
"Con el fallecimiento de Ángel Miguel Iturriza, el país pierde a uno de sus más preclaros hombres de Estado, un líder insigne en la lucha de nuestros pueblos..." decía el Presidente con su voz más solemne, la que le gustaba emplear en los momentos en los que quería imprimir una idea en la mente de la gente de manera imborrable. Entre tanto, la imagen que transmitía el televisor seguía el guión de un funeral de Estado: honores para aquel hombre que no merecía ninguno. En las demás casas del país, donde hubiera una madre despierta preparando el primer desayuno del año, se estarían salando las arepas con sus lágrimas: ay —dirán—, el ministro de los ojos azules, tan guapo, tan joven, el ministro favorito de las mujeres del país, siempre de traje y corbata, tan elegante, tan caballero. Quizá, entretanto, fuese yo la única en celebrar su muerte en silencio, la única en esperar que nunca se resuelva el crimen, que se mantenga la versión oficial de la muerte repentina e inesperada, construida con las palabras precisas —con la ausencia de palabras precisa— para hacer pensar en un infarto fulminante, fatal a la edad, aún temprana, de Iturriza. Pero no: había al menos otra mujer que, aunque esté huyendo o escondiéndose, tenía que estar en algún lugar regocijándose íntimamente con la satisfacción del deber cumplido.