Transtextos
Relato7 de junio de 2026· 5 min

Actualización

AC
Alexandra De Castro
@alexandra-de-castro

La mañana en que apareció el problema con el implante, el gato llevaba dos días perdido. Eugenio tuvo que levantarse una hora más temprano para llenar la planilla de animales extraviados. «Blanco con rayas amarillas», ¿o será amarillo con rayas blancas?», murmuraba, medio dormido, como esperando respuesta del monitor. «Tiene una mancha negra, graciosa, entre la base de la nariz y el ojo izquierdo». ¿Ojos? ¿Grises, tal vez?, pensó. «Es pequeño, gordito, de ojos grises… cariñoso con todo el mundo, responde al nombre de Ozzy», terminó tecleando con cuatro dedos. La impresora escupió veinte copias del anuncio que Eugenio recibió, una a una, impaciente. Las agarró con fuerza y salió a la calle con la cinta adhesiva en el bolsillo del pantalón. Empinado frente a cada poste de luz que encontraba y, tapando calcomanías con consignas políticas punk y de defensores anónimos de los débiles, pegaba un anuncio con Ozzy mirándolo a los ojos en una foto borrosa. No había muchos postes de luz, pero suficientes para que los vecinos se enteraran del gato perdido.

Al lado de uno de esos postes, encontró un banco de jardín atravesado en la acera, como si esperara el camión de la basura. No tan sucio, pero con la pintura muy aporreada. Eugenio no lo cuestionó mucho; lo encontró como un oasis frente al cansancio que produce la tristeza. Mientras sus nalgas se adaptaban a la frialdad del banco, casi en automático, se levantó la manga izquierda de la chaqueta naranja con rayas reflectoras para rascarse el brazo, justo al lado del implante. La picazón se mezcló con un dolor suave, pero suficiente como para llamar su atención sobre el brazo. Estaba bastante rosado, casi rojo, pero pensó que debía de ser porque se había rascado muy fuerte. Luego lo pensó mejor y se dio cuenta de que le había estado picando desde la última actualización del implante.

Todavía temprano, caminando hacia el cielo rojo y gris, sorteando charcos por la acera cubierta de hojas amarillas y naranjas que ocultaban defectos eternos, volvió a su casa. Mireya ya tomaba el café en su tacita blanca de peltre, agarrándola con ambas manos para calentarse. Al ver a Eugenio en la puerta de la cocina, hizo el gesto de limpiarse una lágrima, emitiendo gemidos cortos, «Ozzy no quiere volver. ¿Qué le hemos hecho? Tanto amor que le dimos a ese gato malagradecido», dijo en voz chillona, como si hablara consigo misma y no con Eugenio.

Él se sentó frente a ella, le tomó la mano con suavidad: «Vieja, va a aparecer, estoy seguro», intentó confortarla y mirando el reloj, cambió el tema, «Oye, por cierto, después del trabajo voy a pasar por la tienda de implantes a verme la actualización. Mira esto rosado aquí. ¿No lo ves, así, como raro?». «¿Esa manchita ahí?», respondió ella bajando la voz y la mirada al mismo tiempo. «Qué va, viejo, esos implantes los hacen perfectos; tu implante quedó perfecto. ¿me vas a dejar sola con este problemón?». «Es rápido, vieja, regreso en seguida».

Eugenio se zampó un café negro y frío en dos sorbos largos, agarró un pan duro y se fue al tranvía comiendo por la calle. Debía estar temprano en la fábrica para completar las horas diarias de trabajo y llegar a la tienda de implantes antes de que la cerraran. Ese era el nombre que le daban Mireya y Eugenio, tienda de implantes, pero, en realidad, era una quincalla abarrotada de baratijas, que encandilaba de tantas luces, de cuya higiene no se sabía mucho. En el fondo, tenía dos habitaciones: una para hacer tatuajes y otra para implantes electrónicos. Un local alternativo a los centros autorizados, como Apple o Philips, donde cualquier procedimiento resultaba mucho más caro. En todo caso, “la tienda de implantes” era mucho más barata y ofrecía marcas oficiales que funcionaban bien con las comunicaciones, con casi todos los bancos y con los pagos electrónicos.

Eugenio logró llegar a tiempo a la quincalla y, con paciencia, esperó su turno para hablar con el señor Alcabala, detrás de compradores de souvenirs y niñas de 14 años que querían tatuarse. Llegado su turno, Eugenio puso el brazo izquierdo, todavía rosado, sobre el mostrador, buscando los ojos exhaustos del señor Alcabala. Sin siquiera mirarle a la cara a Eugenio, el señor Alcabala musitó: «Ah, sí, usted es el de la actualización Dragón de Komodo del implante NFC». Suspiró y le levantó la manga para examinarlo allí mismo. «No veo nada extraño allí, señor; puede ser una picadura de mosquito o una pequeña reacción alérgica y ya está», dijo levantando una ceja y con esa voz pesada de quien se pretende muy sabio. «No se rasque tanto. Váyase tranquilo. Si persiste, vaya al médico», concluyó con una sonrisa plástica.

A la mañana siguiente, Eugenio se levantó pensando que habían pasado más de 24 horas desde que publicó el anuncio y que nadie había llamado por lo de Ozzy. Miró triste el platico de comida, aún lleno, que había dejado en la ventana. Tomó un puñado de comida seca y salió por el vecindario a dar una ronda, dando griticos mimosos. Eugenio temblaba de frío, un frío extraño para esa época del año. Temblaba también de impotencia, con los brazos de péndulo, moralmente exhausto de tanto deambular en busca del gato.

Después del trabajo, Eugenio pasó por el supermercado a comprar baterías para la linterna. Se le ocurrió que lo más sabio era salir a registrar al vecindario por la noche. Ya Ozzy le había traído pajaritos y ratones muertos una que otra madrugada. Mientras Eugenio salía del supermercado, se encendió una luz roja sobre la puerta y chilló una alarma: el pago había fallado y debía dejar las baterías en la bandeja junto a la puerta. «Pero si tengo dinero en el banco», murmuró aturdido, mirando alrededor, sintiéndose, de pronto, desnudo como un delincuente atrapado por la policía. Intentó llamar a Mireya, pero el implante no respondía; no parecía funcionar. ¿Será por eso que me pica tanto?, se preguntó confundido.

Eugenio volvió a la quincalla; su brazo ya no estaba solo rojo, sino tan inflamado que parecía comerse el implante electrónico. El señor Alcabala examinó el brazo de Eugenio con esa calma de quien ha visto muchas cosas y le aseguró que el aparato funcionaba bien. «No hemos tenido ninguna queja con ese modelo; el brazo hinchado impide que los detectores lo lean correctamente. Llévese este ungüento orgánico; es buenísimo para desinflamar», le aseguró el señor Alcabala en tono sosegado, con la mirada sobre el tubo de ungüento. «No se lo cobramos, váyase tranquilo, nos pagará cuando venga a ponerse la actualización Pantera».

Eugenio llegó tarde a su casa, caminando de puntillas, tanteando su cama. Se acostó con delicadeza, intentando no despertar a Mireya. Pero la verdad, ella era quien no había dormido nada desde que Ozzy se había perdido y estaba despierta en la oscuridad. Encendió una lamparita de luz tenue enganchada al tope de la cama. Con ella se le veían los ojos rojos e inflamados de tanto llorar. «Viejo, la vecina de los gemelos dice que vio a Ozzy, pero no pudo atraparlo porque se asustó… Al menos sabemos que está vivo y quizás ha comido algo por ahí», reflexionó. «Por cierto, vieja, el implante no me está funcionando para nada, no pude comprar las baterías para la linterna… hasta debo estar viajando en negro». «Pero bueno, ¿qué está pasando?, ¿cómo que no te funciona? Que te lo arreglen en la tienda», se alarmó Mireya subiendo la voz dentro de un susurro ronco. «Es el brazo inflamado… me dieron este ungüento… mañana te explico, vieja, déjame dormir».

Eugenio se quedó rendido antes de que Mireya apagara la luz. Ella siguió despierta hasta la madrugada. Miraba a su marido bajo un rayo de luna menguante que se colaba entre las cortinas. Notaba su cara alisada por la tranquilidad del sueño profundo. Lo sintió como una invitación a recostarse sobre su hombro; quizás eso le ayudaría a dormir también. Intentó tocarlo sin despertarlo cuando sintió un golpe de calor. Eugenio tenía fiebre. Al sonido de la campana del despertador, Mireya no lo dejó siquiera salir de la cama. «Viejo, no puedes ir así al trabajo; estás hirviendo de fiebre». «Pero si no puedo ni pagar el tranvía, claro que no puedo ir», aclaró él, arrugando el entrecejo. «¿Y ahora gripe? ¿Cuánta mala suerte me quedará? Vieja, tienes que llamar tú a la fábrica». «Llamo, te hago una sopita para ese resfriado y salgo yo a buscar a Ozzy…. Tú descansa y verás que te recuperas pronto», comentó intentando suavizar su voz de alarma, esquivando la mirada. «Puede ser que estés débil por lo de Ozzy. La tristeza baja las defensas… ¿Y el ungüento ese que te dieron te ha servido en el brazo?». «Pues, supongo que hay que darle un chance de reaccionar».

«Bueno, pero viejo, ve a un médico de verdad, que te recete alguna medicina para ese brazo. Míralo cómo ya está como marrón y demasiado hinchado… yo no creo en esos ungüentos raros». Sin pensarlo mucho ni esperar comentarios de Eugenio, Mireya llamó al hospital, donde la asistente se negó a recibirlo o a registrar su queja si no había manera de comprobar la póliza de seguros de su marido. «Ese es justamente el asunto», se lamentó Mireya mordiéndose los dientes, pero intentando no levantar la voz. «Él no tiene acceso ahora al seguro, pues con el brazo inflamado el implante electrónico no le funciona». «Averigüe eso con su seguro; no podemos atender así a su marido».

Mireya salió a la farmacia a buscar algo para la fiebre, la inflamación y las baterías; al regresar, después de darle las medicinas a su marido, pasó el resto del día recorriendo las calles del vecindario preguntando casa por casa por el gato. Nadie más lo había visto, aparte de la vecina de los gemelos. Por la tarde, por fin pudo dormir una noche completa. Cuando despertó, Eugenio se había levantado; lo encontró vestido en la puerta regresando de la calle. «Lo vi, vieja, lo vi. Lo vi lejos por la ventana; lo llamé, pero no me escuchó. Salí a buscarlo, pero no lo encontré más». Ella vio a su marido tan pálido, temblando, con el brazo más inflamado que nunca. Lo revisó en la frente para comprobar que la medicina contra la fiebre no había funcionado. «Viejo, es la fiebre hablando, estás delirando y tienes que volver a la cama, voy a buscar a un médico como sea».

Mireya miró a su alrededor y, casi como un zombi, recorrió las fotos de la familia, recordando a un sobrino que estudiaba medicina. «¿Cuándo puedes venir, mi niño? Estoy asustada. Eugenio está demasiado pálido; la fiebre no cede; tiembla; delira; cree haber visto a Ozzy por la ventana, pero sé que son delirios», le texteó. «Estoy full, tía, pero si dices que es tan serio, voy después de clases». Entrada la noche, cuando el sobrino, estudiante de medicina, vino a revisar el brazo de Eugenio, encontró un brazo descomunal, con una mancha marrón, casi negra, supurante alrededor del implante electrónico. Callado, limpió la infección con yodo y la vendó. Le explicó a su tía que el avance de la infección era bastante crítico: «El tío necesita antibióticos urgentes, pero va a necesitar receta médica». «Ay, mi niño, nadie me quiere atender al viejo. ¿Crees que tú puedes hacer algo, lo que sea?». «Bueno, me puedo meter en un lío… intentaré robarme unos antibióticos del hospital». El sobrino, estudiante de medicina, cumplió su promesa. Trajo varias cajas de antibióticos que Mireya no preguntó de dónde sacó. Aun así, no logró controlar la septicemia.

Por la madrugada, con el cielo todavía oscuro, Eugenio vio a Ozzy entrar por la ventana. Cerró los ojos con una sonrisa, feliz de saber que el gato se acomodaba en la cama a sus pies.

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Alexandra De Castro

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