Llegamos a la navidad con el hedor del alcohol adherido a las ropas. Es lo usual. Le pregunto a Romeo si aún queda algo en la botella de Buchanans. Empiezo a sentir los primeros síntomas de la resaca bajo el abrasador sol de la tarde y necesito con urgencia emborracharme de nuevo. Romeo, que es un gilipollas, dice que sí e inmediatamente procede a beberse de un solo trago lo poco que queda. Luego me pasa la botella vacía. Yo la alzo y la miro al trasluz con la vana esperanza de conseguir un fondito, algo de vida allí adentro, la promesa de nuevas alucinaciones que alejen las nauseas y el dolor de cabeza. Hago entonces, lo único que puede hacerse en un caso como este: me doy la vuelta, miro a Romeo con mi mejor sonrisa, la angelical, y le parto la botella en la cabeza. Se derrumba como un muñeco de trapo. Me perdonan lo manoseado del símil, pero con este dolor de cabeza, con el torbellino gástrico que amenaza con desbordarse, mi imaginación, que en situaciones normales ya es bastante limitada, hace corto circuito.
No suframos por Romeo. No es la primera vez que lo mato. El a mi me ha matado ya docenas de veces y nunca me he quejado. Qué pasa si lo mato yo a él de vez en cuando. Nada, ¿verdad? Además, Romeo es mi hermano. También es mi padre y, en ocasiones, hasta mi madre. Así que cuando lo mato, mato tres pájaros con un solo tiro y todo queda en familia.
Hablando de la muerte. Es una lata. Me la encuentro cada dos por tres, en cada esquina. Con cada suspiro se me mete en el alma. Es entrometida y artera. Yo trato de no pensar en ella, de no recordarla, pero ella se las arregla para estar siempre a mi lado, interfiriendo mi vida con su sombra negra. Llama mi atención con ademanes exagerados y ridículos. No es seria. No hay ninguna dignidad en ella. Se ríe de mi y de mis circunstancias. Me desconcentra constantemente, interfiere en mis pensamientos, me bloquea. Así escribo, entonces, tan pobremente. Es culpa de ella. Lleva la batalla ganada y yo me dirijo exactamente a donde ella quiere. Igual ahora. Aunque vaya a casa es ella la que guía mis pasos.
Ya deben haberse dado cuenta de que esta historia no tiene pies ni cabeza. De tener no tiene columna vertebral. Ni siquiera es una historia. Lo que muestro es una mente vagabunda. No hay punto de partida y mucho menos punto de llegada. Y en medio de esa nada, como ya creo haber dicho, solo divagaciones de la mente. Sí, pasarán cosas, supongo que pasarán, pero ancladas al vacío, colgadas de una nube que se desvanece. Un delirio sobre el abismo, eso es lo que será. O tal vez no. ¿Quién puede saberlo? Yo, desde luego, no. Yo avanzo a ciegas, a trompicones y tartamudeos. La linea recta me es esquiva, gracias a Dios. Pero Dios no existe, al menos no en estas hojas blancas envilecidas por la tinta. Si a algo se parecen estos garabatos es a un sueño. Tienen sus mismas oscuridades, sus mismas angustias, su capacidad de mezcla y su misma melancolía. En fin, que avanzo y retrocedo, doy más vueltas que un trompo, cambio de dirección constantemente, me pierdo, me hundo, surjo de la nada, atravieso los caminos, los dejo atrás, huyo de las señales, improviso y me confundo, aborrezco las iluminaciones y me abrazo a mis dudas. Y mejor lo voy dejando porque esto se está pareciendo demasiado a una ars poética con su tufillo a sentencias sabiondas y yo solo soy un proyecto de escritor que solo sabe que no sabe nada.
Así, pensando tonterías y sin darme cuenta, llego a casa y me encuentro a Rosa Inés volando alrededor del cuarto. Es un bello pájaro desnudo de piel dorada que planea sobre mi. Pasa a mi lado y me roza la cara con sus despóticos pezones. Sopla una breve brisa que huele a canela. La cojo por un tobillo (¿Importa cuál? Creo que no) y la obligo a descender al plano terrenal que en este caso es la cama. Allí, con las piernas abiertas, recibe mi peso corpóreo. Se diría que follamos, pero no es así. Hablamos. Se nos da bien hablar. Hablamos de Romeo, por supuesto. Romeo es el amante de mi esposa. Como ven mi hermano está metido en todas partes. No por nada lo maté. No le tengo rencor. Hice lo que se supone que debe hacer un cornudo. Hice el papel que me corresponde, el papel de marido humillado. Le digo a Rosa Inés que maté a Romeo y ella suelta una risotada ronca y carnosa. ¡Qué va!, dice. Tu no has matado a nadie, agrega. Romeo está ahí. Míralo, continúa y señala la ventana. Y en efecto, allí, sentado sobre el alfeizar veo a Romeo. Lo noto muy serio mientras se come una gran fuente llena de espaguetis con salsa boloñesa. Es muy extraño porque comer pasta hace muy feliz a Romeo. Nació para comer pasta. Come pasta a todas horas. Yo le digo: Romeo, come otra cosa. Pero el se niega. Y si insisto, se echa a llorar. Es que Romeo es muy sensible, sobre todo si trata de su amada pasta. También es muy gordo. Lo llamamos cariñosamente la vaca sagrada. Es tan gordo que corre peligro balanceándose como se balancea sobre el alfeizar de la ventana. Como era de esperar, se cae de espaldas. Un segundo después se escucha un crujido como el de una patilla partiéndose contra el piso. Me asomo a la ventana. Pobre Romeo despatarrado sobre el asfalto. Se ha convertido en un rompecabezas de huesos, carne y grasas tirado de cualquier manera. Me queda claro que hay que armarlo. Será divertido. No hay otra razón. Le digo a Rosa Inés: Vamos a armar el rompecabezas de Romeo. A ella la idea le gusta. No es difícil. Romeo es muy simple. Una vez armado, Romeo se sacude el polvo de la ropa y coge un taxi. Ahora le toca morirse en casa de mamá. Rosa Inés y yo volvemos a la cama.
Me he preguntado más de mil veces si se puede hacer poesía con cualquier cosa. Sí. Pero mala, responde Rosa Inés. La miro con algún centilitro de odio Siempre me ha asombrado su capacidad de meterse en mi cabeza e inmiscuirse en mis pensamientos. ¿Es malo Nicanor Parra?, pregunto. Follando no, responde la sinvergüenza. Lo que me va asombrando cada vez menos es lo puta que es mi esposita. Yo, que soy un impotente, no puedo gozar de la fogosidad de Rosa Inés. Ganas no me faltan. Pero mi exceso de pensamiento mantiene ocupada mi sangre en los alrededores del cerebro y me impide una erección decente, ejercer mis funciones de macho cabrío. Yo no sé de quienes serán el par de mosntruitos que corretean por la casa, pegando chillidos y lanzándose todo tipo de objetos peligrosos, pero míos no son. A mi solo me ha tocado la parte desagradable del proceso. La crianza.
Seguimos en la cama, conversando, esa vieja cama de madera que rescatamos del sótano y que perteneció a mis tíos. Cama de mescolanzas de todo tipo en la que le digo a Rosa Inés que debemos irnos. Si, irnos, largarnos, huir. Le recuerdo que he matado a Romeo. Le recuerdo que el país de los gilipollas se hunde, que ya no hay donde poner otra barricada más, que ya no hay más cauchos que quemar y que, sin embargo, el cielo es negro y tóxico y ya no hay días sin sangre, que ya no nos reconocemos y que esos hombrecitos vestidos de verde no son muy inteligentes pero sí muy violentos. En fin, le digo que me aburro y que quiero cambiar de aires.
La invito a asomarse al ventanal luminoso del cuarto. Para ello debemos levantarnos de la cama. Muchas ganas no tenemos. Pero si queremos irnos, lo primero es abandonar esta cama con su triste historia familiar.
Desde el ventanal tenemos un vista privilegiada del país. No hay golondrinas hoy. Mejor. Así no habrá distracciones. Hago un gesto dramático con el brazo, abarcando todo el paisaje, la desolación, el caos, la mentira, el odio, la ignorancia, el fanatismo, la pobreza, la codicia, la violencia, la ceguera. Allí estaban todos nuestro miedos, esperándonos. Las risas también, pero no lo suficiente como para quedarnos. Ni el aire de la mañana, ni el sol venturoso y cómplice, ni el rumor cantarín de las hiervas, apaciguan el hedor de la angustia. Rosa Inés parece comprenderlo todo porque se ha puesto a hacer las maletas. Comienza a llover. O no ha dejado de llover nunca. No estoy seguro Sigo asomado en el ventanal. Esta última frase sobra. Lo sé. Pero ya que la he escrito, la dejo. A lo hecho pecho. Responsabilidad, sobre todo. Asumir las catástrofes es parte del juego. Escribir es precisamente eso, poner rumbo a la catástrofe. En fin, el sol deja de brillar, expulsado por un frente de nubes negras que sueltan un chorro de agua sobre nosotros. Ahora, frente a mi, solo veo una cortina de agua grisasea y densa formada por millones de goterones que se estrellan contra el suelo con un chasquido de metal. Y yo me pongo melancólico.
Hace rato ya que la casa va a la deriva. A Rosa Inés tanto vapuleo, tanto balanceo, tanta ondulación de las aguas frenéticas, le han sentado fatal. Va por los rincones echando las tripas. Ha vomitado tanto que las arcadas solo producen unos hilillos de bilis amarilla. Va dejando a su paso un pegote viscoso que huele a fosa séptica. Los dos monstruitos, entre tanto, se lo pasan en grande en la bañera convertida por efectos del oleaje en un mini mar embravecido. Yo, que de barcos no sé nada, me echo en la cama y me pongo a leer “En el corazón de las tinieblas”, mientras Romeo, que como ya saben está metido en todas partes, no se le ha ocurrido mejor idea que encaramarse en la antena de televisión con el propósito de desplegar una vela. Una tarea avocada al fracaso, dada su condición de obeso, la inestabilidad del oleaje, los vientos enfurecidos y un rayo que impacta la antena de televisión y lo deja frito y con olor a carne quemada. Yo peso muerto no llevo en mi barco, así que sin protocolo alguno, sin honores o funerales, pero con mucho esfuerzo, lo tiro por la borda. Pasto de tiburones y demás alimañas marinas.
En situaciones de gran peligro hay que estar muy atento, ¿verdad? Es cuestión de vida o muerte, como suele decirse. Pero con Rosa Inés hecha una piltrafa, un papel sucio y arrugado tirado sobre la cama, roncando con la boca abierta, en los labios restos de comida a medio digerir, los mosntruitos convertidos en uvas pasas al fin rendidos y en sus respectivas camas y la certeza de que no tenía control sobre lo que ocurría con la casa a merced de las corrientes traicioneras y erráticas, yo también me eché a dormir. Que fuera lo que Dios quisiera.
Son días de hastío. No sé cuánto tiempo llevamos derivando en este mar apacible. El océano es un plato. Parece que no nos moviéramos. No sucede nada. El silencio estremece, solo interrumpido por el mínimo chapoteo de las aguas contra las paredes de la casa. Rosa Inés no sale de la cama, hundida en pensamientos oscuros. Yo deambulo como un fantasma. Hasta lo monstruitos han calmado sus ansias y pasan el día mirando extasiados pequeños insectos descarriados. Solo Romeo se empecina en una actividad febril que no rinde frutos. Sube al techo, se encarama en el tanque de agua, otea el horizonte, vuelve a bajar, se pone a construir timones que se rompen, se hunden en el océano, o simplemente, no sirven, vuelve a subir al techo, extiende sábanas, las cuelga de la antena de la televisión, se desgarran, no atrapan nunca ni un soplo de aire. Este gordo pesado metomentodo no deja de incordiar, de romper esta paz de muerte salina y calurosa. Lo volvería a tirar por la borda, pero me da pereza. En lugar de eso le pego un palazo por la cabeza y lo meto, con mucho esfuerzo, hay que decirlo, en el congelador. Su carne podrá ser necesaria más adelante.
Estoy tentado a llevar una bitácora de viaje.
El amanecer es una suerte de baba amarillenta que surge del mar, allí donde se junta con el horizonte incólume. Más allá de la poesía, ¿de que me sirve saber que allí está el este? No tengo la menor idea hacia dónde vamos. Esta ignorancia existencial me mantiene en un estado de vigilancia amodorrada. Porque, ¿qué es exactamente lo que estoy vigilando? No lo sé.
Hace días (¿cuántos? Ni idea. No llevo la cuenta de los días) que Romeo se ha ensimismado. Hecho un ovillo en un rincón, parece una albóndiga cruda y deforme. Lleva tiempo sin moverse así que me acerco y compruebo que se ha vuelto a morir el muy tarado. Otra vez con mucho esfuerzo lo arrastro hasta la puerta de la casa y lo tiro al mar.
Hoy atravesamos una zona cubierta de algas marrones que le dan un aspecto bastante repugnante al agua. También hemos topado con tres embarcaciones la mar de extrañas. Unos cascarones de madera con tres mástiles y velas cuadradas que a razón de la falta de viento parecen unas sábanas arrugadas. Nos cruzamos con ellas durante horas. Pude detallarlas bien, pero no recuerdo casi nada de ellas, salvo su silencio, su estática soledad, su incongruencia frente a mi casa querida. ¿O eramos nosotros los incongruentes? O todos. Tal vez este relato es la incongruencia. Y qué importa. Prefiero mil incongruencias a una realidad. Y allí estaban las tres carabelas. Ahora recuerdo su nombre. Me lo enseñaron en la escuela. Nos cruzamos durante horas interminables. Yo habría querido que eso significase un cambio, un giro en los acontecimientos que nos sacase de este marasmo en el que nos cocinábamos a fuego lento, una vuelta de tuerca que le pusiera fin a este sin sentido. Pero no fue así. Finalmente las carabelas desaparecieron y nosotros volvimos a quedarnos solos en este océano insensible que nos llevaba a su antojo.
Soy consciente de que he hablado poco de Rosa Inés y de los monstruitos. Pero Rosa Inés no sale de la cama y no hace otra cosa que leer y dormir. Parece que esta aventura le interesa muy poco y por consiguiente es muy poco lo que puedo decir de ella. En cuanto a los monstruitos, son un dechado de buena conducta y educación. Han resultado ser unos hábiles inventores y se han fabricado unas cañas de pescar con palos de escoba, ganchos de ropa y cables eléctricos. Se la pasan pescando sentados en las escalinatas que daban a la calle y que ahora son lamidas por las aguas del Atlántico. Son ellos quienes nos suministran el alimento con el cual subsistimos.
Anoche una espantosa tormenta azotó la casa con olas de veinte metros y le dio la vuelta. Ahora hacemos vida en sus techos. No es fácil vivir al revés. Las ventanas nos quedan muy altas y las puertas resultan completamente inaccesibles. Encerrados en el interior de la casa flotante ya no podemos otear el horizonte inmóvil, leer el mensaje indescifrable de las estrellas o tostarnos al sol, el dueño y señor del cielo. Solo otra tormenta podría devolvernos a la normalidad. Rezamos por ello. Al menos yo rezo. No puedo hablar por Rosa Inés, quien se ha mantenido en un segundo plano, por fuera de la escena, como si no perteneciera o no quisiera pertenecer a este relato. Peor para ella. Se perderá la épica. Los monsruitos son menores de edad así que es mejor no mencionarlos mucho. Es muy fácil ofender a la buena gente de hoy, almas frágiles que pontifican sobre un buenismo abstracto que solo está en sus cabezas. Si supieran lo que a veces me provoca hacerle a los monstruitos me lincharían y, de paso, lincharían este humilde relato mio.
Anoche una espantosa tormenta azotó la casa con olas de veinticinco metros y le dio la vuelta. Así que hemos regresado a la normalidad de una casa flotando en el Atlántico, sin rumbo conocido, sin ansias de llegar, con pocas ganas de regresar, pero quién sabe. Tampoco se sabe muy bien cómo, pero supongo que a estas alturas del partido a nadie le ha de extrañar, Romeo se me acerca con saltarines pasos de hipopótamo y me susurra en el oído: Una ballena nos va a tragar. ¿No es fantástico? Yo no sé si es fantástico o si es una tragedia, pero lo que sí me parece es una entrada épica al mundo de los mitos. Y yo solo espero salir vivo para contarla. En todo caso, me pregunto si será una ballena blanca. Sería hermoso, sublime... y escalofriante, también. Un descenso a los infiernos de Ahab, una lucha sin cuartel contra las obsesiones. Me apetece hacer el papel de Ismael. Romeo será un pésimo Queequeg, pero me tendré que conformar. Con entusiasmo de colegial subo a la cubierta y me asomo por la borda para ver con desilusión un pobre cachalote del color de la ceniza húmeda, cubierto de costras de corales muertos y manchas de hongos, que golpea con desgano el casco de la casa. Lleno de odio y frustración no me queda más remedio que colgar a Romeo del mástil mayor. Allí lo dejo meciéndose como un fardo inútil al vaivén de los vientos.
Llevo días hundido en ensoñaciones épicas, imaginando las mil y una aventuras que habría podido vivir en el interior de una ballena blanca cual Luciano de Samosata moderno luchando contra habitantes hostiles, navegando ríos espesos y rojos, conquistando territorios inhóspitos, avanzando a machetazos por tupidas selvas de cerdas y pólipos, construyendo asentamientos en zonas de carne granuladas de tumores, fabricando armas y herramientas con huesos rotos y pedazos de cartílagos muertos, haciendo la guerra a diestra y siniestra como solo los machos somos capaces de hacer.
Nos hemos cruzado con un barco ballenero. Llevan más de tres meses sin tocar puerto. Su capitán tiene un aspecto desencajado, como si hubiese perdido la cordura, su cara demacrada por una idea fija, una obsesión que lo atormenta y que arrastrará a todos hacia el abismo. A pesar de ello le he pedido que se llevara de vuelta a casa a Rosa Inés y a los monstruitos. No ha tenido inconveniente a pesar de su evidente locura o, tal vez, por ella misma. Mientras aborda el barco no he dejado de notar las miradas lúbricas que los marineros le dirigen a Rosa Inés. Quien sabe, tal vez no lo pase del todo mal. Por su parte, los monstruitos seguramente les espere una vida de esclavitud y servidumbre. Pero no hay nada que hacer. Se han ido diluyendo, ya no pintan nada en este cuento y no se me ha ocurrido otra forma de sacarlos del medio. Además, me queda Romeo que va y viene de la muerte a su antojo.
Aquí, en el medio de la nada, flotando como una cacerola vieja y abollada, sin ritmo, sin destino, sin tiempo, los días, todos los días, son domingo por la tarde y llevan, como es natural en los domingos, el estigma del hastío. Lo he querido conversar con Romeo, pero hace días que no aparece. Así que lo converso conmigo mismo mientras recorro la casa. No tengo nada mejor que hacer. Debo admitir que echo de menos a Rosa Inés y a los monstruitos. Este relato se me está quedando sin personajes. También anda fallo de acción y de trama. Pronto no quedará nada que decir. Llegará un punto en que todo será repeticiones. Lo mejor será acostarme y dormir. Tal vez cuando despierte y me asome al ventanal del cuarto este paisaje acuático interminable haya desaparecido y en su lugar vuelva a ver la calle de siempre con el asfalto agrietado, salpicado de briznas de hierbas temblando al viento en el silencio bochornoso de las tres de la tarde, las quintas muy juntas, apoyadas con dulzura unas de otras, amigables y silenciosas también y las golondrinas haciendo su baile eterno frente al ventanal como sin nunca nada hubiera cambiado y nos quedara todavía toda la vida por vivir.