Comencé matando therians con una escopeta supermagnum calibre 12. Fue durante los meses de la sobrepoblación; prácticamente era posible disparar con los ojos cerrados. Caían fulminados de los techos de los vagones del tren, de los pasos peatonales sobre las autopistas, de las vallas publicitarias. A veces disparaba a una alcantarilla y escuchaba los gritos de dos o tres therians que habían adoptado vida de ratas. Era común, incluso, que caminaras por la calle y un therian pájaro, que intentaba levantar vuelo desde el balcón de su apartamento, se estrellara en la vereda y te salpicara de sangre o sesos. En ese entonces —por razones estrictamente políticas que ya explicaré— yo era el único cazador de therians de Buenos Aires. Mi condición de extranjero fulminante me hacía recordar aquella escena de la película Lawrence de Arabia, en la que el inglés es seleccionado como ejecutor por no pertenecer al contexto local y, consecuentemente, no despertar odio entre los rivales de esa tierra.
La primera vez que maté a un therian fue casi involuntariamente. Paseaba de la mano de Alejandrita por el Barrio Chino cuando sentí su grito y que su peso me halaba porque había detenido la marcha de golpe.
Alejandrita es mi amor menudito: una chica pequeña, frágil, de risa fácil, feliz, una de esas personas que jamás deberían sufrir y menos ser agredidas en la vida. Verla quejarse mientras aquella masa colorida mordía ferozmente su pierna me causó una respuesta inmediata y violenta: un giro y una patada que disparó mis noventa kilos a la cara del animal que atacaba a mi novia.
Hay ruidos que solo pueden ser causados por la muerte, como el que hacen los fierros de los autos que se retuercen en los segundos flotantes de un accidente de tránsito; o el cuerpo de un suicida al caer en la calzada; o el silbido menguante de los que encuentran la muerte en la obstinación de un hueso de pollo en permanecer en su tráquea. El ruido seco de cosa rota que sentí vibrar en mi pierna fue uno de esos.
Cuando la bruma de la ira súbita se disipó, vi el cuerpo tirado al lado de uno de los dragones de piedra cuyas bocas los turistas suelen auscultar en búsqueda de sabiduría oriental “instagrameable”. No era un animal: era un muchacho tendido boca arriba, con sangre brotando del oído y una expresión estúpida impresa para siempre en su cara, como si aún se refocilara en el mordisco.
“Estado de intenso dolor, legítima defensa putativa, defensa de terceros, conducta instintiva y defensiva, error de tipo esencial”, fueron algunos de los términos que me dijo mi abogado, visiblemente optimista. “Claro que ellos alegarán que tuviste tiempo para evaluar la situación y que la reacción fue innecesariamente letal, pero ¿qué tiempo para evaluar en el quilombo del Barrio Chino un domingo, en medio de una reacción instintiva? Quedate tranquilo, esto se va a resolver. Te tenés que bancar unas semanas aquí, pero vas a estar en una buena celda con presos tranqui. Ya nos ocupamos de eso”.
La semana siguiente, mi abogado regresó sonriente: “Nos vamos, César; despedite de tus amigos que te vas”.
Luego de los trámites de excarcelación, camino a casa, me explicó las razones de que todo hubiera terminado tan rápidamente.
—No tuve que laburar, César. Me vas a tener que pagar, pero no tuve que laburar. —¿Cómo así? —contesté mientras recibía el torrente de mensajes de Alejandrita, que estaba en una reunión de trabajo y no podía hablarme en ese momento. —El juez Ortolani es un enemigo mortal de todo lo que le huela a reaccionario y hace todo cuanto puede para contrariarlos. Un colectivo se dirigió al juez y le plantearon que juzgar el caso como homicidio es atropellar el derecho inalienable de la víctima a elegir su identidad, que era la de un pitbull. El juez falla a favor, tu cargo pasa a ser el de maltrato animal, se demuestra la defensa propia y aquí estás. Esa causa va a dar que hablar, César, pero tranqui: tu caso está cerrado.
La causa dio que hablar tras ser ratificada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, justo en el punto más alarmante de la sobrepoblación. Todos la celebraron, desde los reaccionarios —quienes habían propuesto la idea de darle a los therians la categoría de animales para tratar el problema de manera eficiente y viable— hasta los más progresistas, que celebraban el triunfo de la autodeterminación de la identidad. Obviamente, estos últimos sabían que la sentencia perseguía su exterminio o su condena a reservas rurales, pero ¿acaso no es tal el destino de las especies que causan desequilibrios en los ecosistemas? Los therians habían decidido ser plaga, y era hermoso entonces que se los tratara como tal. Solo los sectores dedicados a la protección de animales protestaron, pero fueron apabullados por los dos bandos.
Quedaba, no obstante, un problema serio en materia práctica: ¿quién les daría caza? De hacerlo un cazador de tendencias reaccionarias, habría encendidas protestas progresistas. Y cabía esperar que los conservadores tomaran las calles si el exterminador fuese prograsista, acusándolo de mil corruptelas en su ejercicio táctico. “¿Y si le decimos al venezolano? Al chabón que anotó penal con la cabeza del therian en el Barrio Chino. Él forma parte de la historia de este quilombo”, bromeó en el gabinete un ministro, y los demás lo vieron con muda admiración.
Seis largos meses de pólvora y trampas cuidadosamente señalizadas para evitar el riesgo mortal al ciudadano común me tomó controlar la epidemia therian, que había erradicado a todo el turismo de la ciudad y prácticamente impedido la movilidad al invadir las avenidas y las vías del subte y el tren. La neutralidad política que me impone mi condición extranjera, al menos en el ámbito público, había sido el delicado fiel de la balanza que permitió la operación. Poco a poco, la ciudad volvió a la normalidad y la gente pudo mortificarse por las causas usuales.
Como corresponde en toda planificación seria, era menester ahora tomar las medidas de control para evitar un nuevo crecimiento de la población therian, y las facciones políticas lograron un acuerdo al respecto: que esto debía ocurrir en un marco enérgico, pero dentro de un ecosistema turístico y cultural que respetara tanto el interés operativo de la ciudad como la autodeterminación therian.
El Ecoparque —antiguo Zoológico de Buenos Aires— fue habilitado como reserva therian para quienes desearan vivir allí. A otros, según su voluntad, se les permitió exponerse a una vida salvaje y a los peligros mortales que conlleva. Estos aventureros fueron regulados dentro de la iniciativa de ecosistema natural, y de nuevo los residentes extranjeros —por las razones de prudencia política que conocemos— tuvieron a su cargo llevar adelante las iniciativas concretas en este sentido.
La honorable Yoshiko Akatsuka, distinguida miembro de la comunidad japonesa, fundó los grupos de tiro con arco largo en el Barrio Chino. Estos campeonatos gozaron de mucha solemnidad, por ser este lugar el origen de la circunstancia therian. En ellos, turistas y porteños procuraban el equilibrio interior que esta práctica puede proporcionar, disparando saetas precisas y definitivas a los therians que suelen pastar en Barrancas de Belgrano. La silenciosa saeta y la precisión de su efecto evitan cualquier ruido, lo que permite que la paz de este tradicional espacio verde no se vea alterada. Luego, los participantes se suman al bullicio del bulevar, donde pueden comprar algún therian preciosamente laqueado de los que se exhiben colgados a las puertas de restaurantes y supermercados asiáticos.
Callagun Campbell, un australiano hoy obeso y propenso a la carcajada, pero que antes de venir a Argentina a formarse como editor era buzo profesional en su país, ha organizado regatas de pesca con arpón de therians acuáticos en el paseo de la costa de Vicente López.
Mucho más coloridas y escandalosas son las representaciones de caza de la zorra therian organizadas por Archibald Clark —ese inglés amante de Argentina que quemara la Union Jack en Corrientes durante la guerra de Malvinas— en los bosques de Palermo, que se han convertido en toda una atracción de la ciudad. Insaciable en su deseo de conquistar nuevos espacios, Archibald organiza una vez al mes escenificaciones protagonizadas por turistas ingleses que, dispuestos en dos filas de tiradores, reviven la historiada afición de abrir fuego en estas latitudes y derriban therians con viejos mosquetes. Como son armas de ánima lisa y balas redondas, es muy común que fallen, y los therians, guiados por su instinto indomeñable, corren hacia ellos y son pasados a bayoneta calada, lo que causa el aplauso frenético del público.
Suelo asistir a los espectáculos de Archibald y me detengo a mirar las estatuas de los alrededores. Fantaseo siempre con la idea de que este país, que tan cálidamente me ha recibido, dispusiera un pequeño busto mío en estos predios, en reconocimiento por el modesto servicio que le he prestado.