Transtextos
Relato15 de marzo de 2026· 5 min

ASCENSO

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Francisco Camps
@franciscocamps

Antes de bajarme del bus, vi a mamá en la esquina. De ser una mota parduzca rodeada de árboles llorones, estática en la comisura del cerro miserable de bloque y cemento atrás, llegó a mí, sin mover un pelo, con esa mirada clavada e impávida. Vio mi blusa aún mojada por la playa, los restos de arena dorada y el bronceado quebrado por una línea pálida como un panqué de dos sabores. Ya iba a recibir el anunciado pescozón de bemba compungida y palma de piedra tras el niña tú no aprendes ni a los carajazos, niña lo tuyo es pura calle, niña espera a que llegues a casa pa’ que conozcas a pedromoreno, mientras yo repetía el sambenito de que todito era verdad, salí con la Nani y el Pedro, que los llamara o les escribiera, pero era imposible: la naturaleza de las madres no está hecha para comprender; empecinada en la terquedad de su tradicional lección, el Julián le pasaba por la nariz el engaño, tan fresquito como la hazaña de escabullirse a mi habitación removiendo la cortina en esa alteración nocturna dando tumbos zarataco, una mano jorunga por acá y con la otra serpentea por allá, la camisa a media asta en la lipa pelúa meneando su codicia de manera tan penosa, y el shu, no sueltes ni una palabrita, hasta agonizar en apenas un ensayo de lo que su atrofiada mente puede hacer con mamá. Hasta me consolaba en vano, volviendo al mismo punto muerto, pensando en la carcajada del Jony diciéndome, como buen hombre, que no dijera nadita; que no le diera disgustos a la pure, que un día de estos agarraba al fulano una noche de esas tan oscuras y lo mandaba donde reposan las almas. Pura excusa barata para no acompañarme; solo quería escabullirse con la vieja que lo tiene engatusado.

En verdad había salido con Jony, pero no se lo iba a decir a mamá; tampoco lo entendería. Ya sea porque él es un mentecato casi diez años mayor que yo con ocasionales destellos de sensatez o porque ella, en su natural desconfianza, pensaría que los dos andábamos en un jujú. En fin. En una de nuestras salidas recurrentes, Jony me dijo que partió a la vieja. No la he visto antes, así que asumo que ella es una de esas zalameras birriondas de rostro carcomido por las preocupaciones y la vida de hogar. Le di julepe, dijo con ese desdén tan suyo y esa mirada lasciva escurrida en una escena que, a lo mejor, estaba más empotrada en su mente que en la realidad. El marido, me contaba orquestando el humo del cigarro, sale a trabajar bien tempranito; él madruga, se emperifolla, sabes que se debe echar talquito al muñeco, le pego un salto a la reja, me recibe dos ladridos del perro mierdero, una caligüeva, mija, pensaba devolverme pero lo zapateo porque ya estaba allí y me metí a lo husaínbol al cuarto: la vieja me esperaba abierta como una mártir, las tetorras desbordadas y el cristo postrado en la cruz sobre la cama; epa, le quería decir que ese no era un buen lugar para tener a diosito, pero la hebilla ya me colgaba en la mano por la calentura, para luego… no me interesa el resto, lo paré en seco. La labia del Jony me aburría y, en cuestiones de amor o lujuria, que vendría siendo lo mismo, uno no debe creer nadita: eso sí era pura mentira, como repetía mamá.

Mira, allá va alguien, exclamé. Nos gustaba, a modo de juego, seguir a las personas; era una de mis grandes diversiones en este agujero infernal. Poco importaba si eran mujeres, hombres, niños, feas, espantosos o tiernos; todos esos seres que cruzaban el pantanal donde vivíamos eran aborrecidos por igual; un lugar que, llano y sin imaginación, recíproco en su tedio, nos devolvía una ensoñación salina y macabra: ellos debían, pensaba, recibir la misma condena sin distinción. A todas estas, el sufrimiento es uno solo: el del cuerpo y sus retazos exigidos en los quiebres que resguardamos en la mente. Sólo un poeta puede armar la belleza de este zaperoco como un loco llevando medio baúl lleno de harapos, tinta y sueños. Casi nunca hablas, respondió Jony quitándome la colilla del cigarro, pero cuando lo haces dices pura paja, mija.

Íbamos detrás, unos cinco o seis pasos de distancia, y estos completos desconocidos ladean la mirada de un lado a otro sin esconder la piquiña de la vigilia a sus negras espaldas. Al segundo en que voltean nos reímos; bromeamos como unos de esos chicos sin porvenir, tontos y despreocupados con su alegría generosa sin grandes sospechas sobre de qué va la vida; ellos pensarían, en su solemne ignorancia, que no había esperanza en la juventú: todo está perdido, ya los escuchaba balbucear; el pasado siempre va a ser mejor porque el optimismo es un asunto de memoria corta. El Jony siempre me decía: a este lo quebramos aquí mismo, tras las morisquetas haciéndose el cojo, la redundante extravagancia de la mona de pelos enmarañados y los ojos extraviados del bambú andante. No, le decía. Esperemos el momento indicado.

Una tarde cualquiera, cuando el tiempo nos va mudando a un rencoroso memorar, a ese necio paso de nubes donde el estar se nos asemeja al reducto del vivir, vimos lo que sería nuestra primera víctima. Tras una discusión sobre el pobre hombre (si es que se le podía llamar así porque su sexo debía ser tan vigoroso como una pasa en una hallaca), acordamos que actuaríamos con una navaja: en silencio y precavidos, afilando lo que sería una puñalada certera en su coxis y, para sellar el mambo, en la garganta. Sin duda, estábamos hechos para acometer esa enmienda; ingrata y por el bien de todos. Me estudié, cuánta enciclopedia polvorienta caía en mis manos (me gusta leer y conocer para diferenciarme de la agenda de los maestros de la ignorancia), toda la anatomía humana: que si el esternón, los omóplatos, cada una de las vértebras y el corazón, ese órgano oxidado en la metafísica humana, como dijo ese gran poeta olvidado, y las venas, como no: esas carreteras de sangre que requerían de un solo pinchazo para volarnos de aquí.

Como una bombita, le dije siguiendo mis pensamientos. Las bombitas full de aire, si las sueltas, vuelan, no, preguntó. Sí, respondí. Entonces habría que ayudarlos en su ascenso, dijo Jony. Fue lo más sabio que ha soltado nunca el hijo de puta. No se lo dije, por supuesto; se iba a hinchar y él ya era lo bastante mojoneado por sí solo: eh, mira quién habla paja ahora, espeté. Frente a nosotros subían un hombre y una niña. Había caído la tarde de sopetón y la noche comenzaba a ser una larga sombra apenas postergada por la atorrante luz de los vehículos a lo lejos. Mientras los seguimos, a unos brazos de distancia, le dije al Jony que me encargaba de la criatura; pequeña, de este tamaño, con lo que parecían dos mojones por cabello, se me haría fácil templarla de un jalón por las mechas, arrancarla de la mano del padre y llevarle mi navaja al cuello: mejor piénsalo bien, papito, antes de cometer cualquier locura.

Apuraron el paso. Se les notaba el chorrerón de mierda. Esto era pan comido, le decía al Jony con la mirada; él asentía en esa complicidad que solo se rescata en momentos de comunicación profunda, mirando a las bestias en el corral de sus abismos dispuestos a ser devorados en ese mandato divino desdeñado por los cobardes. Pensé lo que había expresado ese mentado poeta olvidado: nadie mira el cielo en la cornisa de la muerte; ni en su negritud estacionada en la mudanza proscrita. Nadie, y se me hacía raro. No había sino un par de estrellas lisonjeras brillando; esos escarabajos lumínicos se me hacían el ascenso noble antes de la muerte. Podría ser emulado, me pregunté. Y de golpe el Jony me sacó del soliloquio de mi ensoñación: apúrate, mija, andas pensando en pajaritos preñados. Ya él tenía al hombre bajo la amenaza del cuchillo brillando como un collar sobre su cuello. No te pongas popi, le decía, y echa pa’ca todo lo que llevas. La niña solo gritaba; era la boca descontrolada de una muñeca prendida en el rincón lúgubre y solitario de una sala, y sólo había que esperar se le agotara la batería. La tomé. Cállate, le dije. Despreciaba a las carajitas lloronas; una herencia materna, quizá. Nunca fui de esas que era puro llantén y lágrimas de una kamikaze andante buscando su perjarbor. El padre, como debía esperarse, trató de zafarse, dar pelea y el Jony, sin amilanarse, papito quédese quieto, quiso decirle o eso pretendió porque una sola atestada sentí como si fuese mi cuello el que se abría como una arepa y cuajaba las inmundicias que llevaba bien adentro. El hombre cayó de rodillas; era un rezo a la vida o a la muerte, lo que viene siendo lo mismo, porque mientras creemos que estamos por llegar al más allá todavía tenemos un paso firme en el bien acá, y esa es la desesperanza, la envilecida negatividad de las bestias: viven a la razón de sus propios deseos persiguiendo la luz conocida hasta quedar enceguecidas fuera de sus parcelas. Quise decirle al hombre: mire el cielo, mijo; mire a su hija, aún vivita y coleando, y en eso pasa un vehículo de luz chillona, una estrella fugaz cayendo a nuestros pies. Era una señal o una oportunidad, y en eso el hombre, degollado y moribundo, desaparece en el asfalto y se hace una gran sombra consumida por la sorpresa.

Qué mierda, exclamó Jony echándose a correr. La niña, en mis manos, se escurre como el agua hasta ser una mancha petróleo a mis pies. Desorientada, siguiendo las luces fortuitas, me encamino a la guía anarquista del Jony; del timbo al tambo, un zigzag endemoniado. Al cabo de un rato le perdí el rastro (se consumiría en la negra noche, se haría parte de esa

mancha interminable, me pregunto) y me hallé, sola, en el medio de la nada. Crujía la maleza y el basural a mis pasos ralentizados por el cansancio, medidos por el desespero. Le pegué dos gritos a Jony y nada. Ese hijo de puta; siempre supe que era un maldito cobarde. Me encomendé al de arriba; tampoco era tan pendeja: quería seguir viviendo como cualquiera que estuviera en mi situación. Llegué a un punto en que no supe que había debajo de mis zapatos; sin un gramo de luz sobre mí, a la intemperie, sin saber si ese gran charco de sombras eran los niños, viejos, mujeres que, como ánimas, tan vivitas como yo, esperaban arrastrarme consigo o volverme loca a cuentagotas: al final me quedé allí esperando el rescate del Jony, el reconocimiento de alguien más o hasta que me salvara la lluvia luminosa del lento amanecer.

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Francisco Camps

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