Transtextos
Relato23 de enero de 2026· 5 min

Cualquier jueves

FF
Fabi Fiereder
@fabi-fiereder

Martín tenía cuatro años, cinco meses y diez días cuando se me perdió.
Era un jueves cualquiera. Después del jardín salió a jugar con la vecina del tercero mientras reían y correteaban por el pasillo. Unos minutos después, el silencio.

La niña estaba sola, parada, esperando a su niñera.

Martín era una ausencia.

Empecé a llamarlo. Algo en mi cerebro insistía en que esto era una travesura, que mi alarma no valía la pena. Bajé la escalera gritando su nombre. Nadie contestó.

Su niñera estaba abajo porque la hora de irme al trabajo se acercaba. Salí al patio trasero, el que da a los estacionamientos, el que da a la piscina que por suerte llevaba meses rota y vacía y no era una posible escena.

Busqué entre los autos. Entre las plantas.

Grité. Ya la sensación no tenía nada de divertida.

Alarmé a las niñeras, a la mía y a la de la vecina. Al conserje. A la cuadra entera. A unos metros está la plaza, y en la casa de enfrente un equipo de producción filmaba un comercial. Subían y bajaban cosas de un camión, la gente me escuchaba gritar pero continuaban con sus escenas.
Los pensamientos llegaron todos juntos.

Grité. Volví a gritar.

Las niñeras revisaron el edificio. La plaza. Los pasillos.

Algo dentro de mí decía que él estaba bien. Pero mi mente traía todos los eventos que en segundos pueden suceder. Caída. Golpe en la cabeza. Ascensor. Asfixia. Accidente. Secuestro.

Desde que soy madre no miro ni leo nada de esas cosas, como si evadirlas pudiera hacer que no existieran. He aprendido que tengo un sistema nervioso demasiado sensible, y que cuanta menos información negativa le incorpore, menos fatalista seré frente a cualquier situación. Sea o no extrema.

Los minutos pasaron. Martín no aparecía.

No había un grito. No había una risa. Solamente una madre que se desesperaba y alertaba al edificio entero para que salieran a revisar pasillos y puertas. Pocos respondieron.

Afuera, una señora que pasaba me contuvo en la vereda. Un hombre que transitaba revisó las calles aledañas y empezó a llamar a seguridad ciudadana.

Entonces llegó la noticia.

Había un niño.

Había un niño escondido detrás de un auto, en un estacionamiento.

Era Martín.

Los desconocidos me saludaron y siguieron con sus vidas mientras yo les pedía disculpas por mi histeria. Martín estaba asustado, escondido, quizás arrepentido de haber hecho una travesura de niño. Quizás desorientado. O quizás, en su inocencia, los gritos de angustia de su madre no significaban nada.

Puede ser que lea esto cuando tenga dieciocho años y piense que soy una exagerada. Que me volví loca. Que tengo que aflojarle al drama. Puede ser que le dé vergüenza y se enoje, como ese día en que yo lloraba y le explicaba el miedo que había tenido y cómo el corazón me palpitaba.

Puede ser que vea en esta experiencia que la vida puede perder todo sentido cualquier jueves, en algunos minutos, entre risas y una escapada.

FF

Fabi Fiereder

@fabi-fiereder