Transtextos
Relato16 de mayo de 2026· 5 min

12 (capítulo de la novela La llave de arena)

CS
César Seco
@cesar-seco

Cerca debe haber un bar, digo siempre que salgo de mí y vengo por una acera a sentarme tras una cerveza. Ciertamente el mundo no es peor o distinto que allá afuera y el cristal de la botella transparenta ese mar amarillo que te llevas a la boca y te lo bebes gustoso. Poco a poco la sed retrocede, comienzo a decirme las tantas cosas que me debo desde ayer, desde ahora mismo que Le Rose no está y se me hace urgente tomarme una fría para alejar el hastío. Ya habrá quien se acerque porque la soledad es mejor compartirla y la botella, desnuda y helada, es también, su ausencia. Se abren las manos sobre la barra o la mesa, se abren mucho antes que la piel que las cubre. Rostros, risas, gestos, muecas. El bar se va llenando de gente, las cervezas van y vienen en un flujo ininterrumpido. El pensamiento no es menos distinto del ritmo de la música que suena y de los tragos que los contertulios toman. No hay oportunidad de elegir un disco que nos devuelva a otro tiempo o nos instale definitivamente en este que se nos va escurriendo: no hay rocola ya sino videos. El televisor pende de lo alto, como para que nadie lo vea, me digo. Puedo ignorar todo por un momento, lo imposible es no escuchar la algarabía de los que están alegres y el silencio de los que están tristes. Entre los concurrentes siempre hay almas reducidas a un tosco semblante, a una risa fácil, ebria. Los hay otros que ni pendientes de lo que ocurre alrededor. Su sed es ontológica, te dices, te lo apruebas con leve sonrisa, apretando los puños y recogiendo tu bolígrafo de la mesa y te dices que también aquí llegan almitas, porque, a decir verdad, el Espíritu desciende en todas partes y los que están aquí no lo desmienten, algunos no saben que están en uno de los círculos del infierno terrenal, y otros, sabiéndolo, lo aceptan y se queman en su propio fuego, me digo mientras llega la cerveza.

Hace tanto que conversas contigo, pides otra o hablas ya con ese que se te ha acercado y trae un amigo que permanece circunspecto a un lado de la barra. Juntos hablan de lo mismo y lo distinto. Al rato callas, escuchas y dices para tu adentro (vienen por donde ya he ido y llegan por donde aún no entro). Qué esperar de quien está peor que tú, no es mejor acaso seguir la risa de ese que no simula su nada porque la desconoce y va colocando la ruma de botellas vacías por delante como un ejército de vidrio próximo a ser derribado, por atrevimiento propio o ajeno, por culpas, por excesos, por esa estupidez humana de la que todos somos un solo cuerpo. Qué esperar de ese que ordena una y otra y pide una también para ti sin conocerte, tan sólo porque acaso sospecha que parte eres también de esa nada que sabe lo mutila en este momento. O acaso es feliz y no lo muestra, o está en el desfiladero y nadie se da cuenta, porque es verdad, aquí nadie sabe nada de nadie y el que está triste es otro y no uno, que lo cree, y todo pareciera un barco detenido en el azul calmo que bordea la península, montón de huesos rotos por inconsciencia, por lo imprevisto acaso, que también es real como todo y no se agota en llanto o risa, en nada de eso que somos cuando estamos solos y nos hay consuelo que valga sino esos tragos que son, sí, aturdimiento necesario o alegría provisional, mareo del dolor o desembarco de la dicha, o bien, apenas esto que ahora mismo sé indistinguible entre el vacío o la certeza inevitable de que el relato está finalizando.

He aquí la sensación de nada que te inunda el estómago, el sentido todo, el trago largo que te das de inmediato. Estás atrapado en algo que te fue necesario en un momento, algo que te exigió mucho y sólo te ha servido para sumar página tras páginas la suma de tu delirio y de tu dicha. Lo cierto es que no puedes terminar este relato tan sólo porque lo dispongas. Cómo cerrarlo, si todo final escrito es apenas un aplazo: el único final verdadero es el de la muerte. Y meditando esto es que recuerdas un verso de Mario Quintana: “Antes los caminos venían, ahora los caminos van, mientras yo preparo el té a los fantasmas”. Te lo dijo Herpes una noche en Caracas, mientras le comentabas que escribir si bien no te separaba del todo de la realidad, te dejaba a un lado de los que quieres y te sumerge en un río que no cesa de ir y venir, a veces caudaloso y a veces vacío; eso que te deja solo con tu insistencia a ver si resuelves lo que de hecho sólo se resuelve fuera de esto, de la escritura, eso sabes. Se lo decías a él, a tu amigo, sin aflicción alguna, como respetando siempre la ardua soledad que necesitas para escribir. Le decías cómo se te había ido llenando el cuarto de fantasmas mientras escribías, cómo de lo invisible venían por un rato a pasearse en tu cabeza, a instalarse entre los claros de tu mente. No, no, espejismo no es, te ha ocurrido y es verdad, como verdad fue el loco de la braga azul y lo es aún el mazo de llaves que detentas, y te lo dices incluso a ti mismo en silencio, como para reafirmarte algo que ya no te sorprende, sino que te vive por todas partes y sigue haciéndose esto.

Una vez más ejercitas tu memoria: fue lo que ocurrió y esto de ponerlo en palabras ha sido la forma que se te ha dado de regresarlo a donde vino. A esto respondiste, a esta nada simple y cotidiana que te abraza y que debes seguir llamando misterio, mientras te tomas la cerveza y recuerdas que fue por puras ganas que entraste por primera vez a un bar y te tomaste la primera sin pedir permiso a nadie. Fue en el bar Manaure de la calle Federación, fueron suficiente tres para ir al baño y vomitar en la poceta tu adolescencia. Este bar o aquel, nunca serán iguales, te dices mientras haces señas al mesonero que va y viene sin llegar a verte. (¡Soy invisible, por fin!), piensas, y de pronto te ríes de ti mismo, de este afán impostergable de poner por escrito visiones y recuerdos, cual si fueran instantáneas del tiempo que ya no es y del que sigue siendo mientras puedas. -A los bares se iba a compartir, a conocer al vecino, los que ahora existen no ofrecen ninguna seguridad al cliente, la hípica y los juegos de maquinitas los ha envilecido, estupidez y griterío juntos, ya no se puede mediar palabra con ellos-, dice ese otro que se te ha acercado y lleva ya siete cervezas. En su tono crees escuchar las palabras de tu padre la tarde en que se iba: -Todo se está borrando, hijo-. Cuando él salía a tomar se dirigía al bar de Capielo en la Churuguara arriba o donde Luis Ruiz en la Monzón, en El Garúa, porque éste hombre al que gustaban los tangos era su yerno y cantaba divino como para emborracharse y perder el conocimiento; donde José Petit porque había mucho respeto, o donde Juan Methar, en el viejo Ferial cerca de la plaza Falcón, a donde iban las mujeres de la ciudad que atención ninguna le prestaban a las lenguas. Esto dices en respuesta a quien se te ha acercado y continuas: “Cuando me fugaba de clase, junto a Egidio y Ulises, nos íbamos del Pedro Curiel a donde mano Corne, un viejito renco que atendía un negocito en la Ampíes. Mano Corne, casi ciego, no distinguía si estábamos en edad, al momento de pedir, poníamos voz ronca de hombre, y él respondía como cantadito: -Sírvanse, pero me acomodan las botellitas antes de irse, cerveza pedida cerveza paga, así es aquí, si les gusta, el patio es suyo, si no se me van enseguida, muchachos-. Y nosotros, creídos de que lo engañábamos éramos los burlados, pero igual él nos vendía. El primer bar al que fuimos asiduos, cumplidos ya los 18, fue el de Rubén Ramos en la avenida Manaure, vieja bodega que adelante ofrecía víveres, todo tipo de granos y cereales en sacos, bultos de papelón, enlatados traídos del norte, quesos y pacas de cuero de chivo, cantidad de cosas entre las que uno pasaba de perfil haciéndose flaco, inclinado, metiendo la barriga, porque a la vez, a un costado, en la pieza contigua, vendían cerveza y hasta traguitos de cocuy de primera y había cuatro mesas casi siempre concurridas por la habitual clientela de comerciantes y profesores, en su mayoría provenientes de la Sierra. Ulises escribió allí Circular de los vientos, y llamó “espadachines muertos” a los cuadritos de vidrio fijados a la pared, especie de sutras o advertencias morales para los borrachos. Rubén Ramos era serio y no permitía escándalos en su negocio, sólo a nosotros nos dejaba hablar en alto de lo que quisiéramos, política, poesía y mujeres, eso sí sin escandalizar a los presentes. Alguna vez nos atrevimos a preguntarle por qué la deferencia y nos dijo que porque éramos inofensivos y eso no nos gustó porque nos considerábamos el hacha que cortaría la cabeza de la tradición local, el rayo que cegaría a los poetas viejos, pero disculpamos a Rubén porque le daba fiado a Ulises cuando andábamos sin dinero. Egidio que peleaba hasta por un adjetivo, fue quien nos recomendó enseguida no confrontarlo, y afirmó que, si se fuese tratado de un miembro de la Legión Infernal, como él llamaba a los poetas pedes, ahí mismo les caeríamos a verbo, haciéndoles ver su complicidad y complacencia con la goda y el poder de turno. Simulamos entender que Rubén quiso decir “educados” en lugar de “inofensivos”, porque no era mentira que él estimaba lo que decíamos, aunque sólo fuera mostrándonos una breve sonrisa detrás del mostrador, como quién dice para sí mismo: (“Qué locos son”). Y nosotros, entre cerveza y cerveza, tramando manifiestos que no terminábamos de redactar por falta de acuerdo.

Cómo no recordar ahora el bar El Vasón, donde Zalíz nos hacía remarcar en la rocola Padre e Hijo de Cat Stevens. Como no traer en la nebulosa de ahora ese otro bar a donde fuimos a parar ya una vez nos hicimos hombres, El Hijo de la Noche, parecido a la Casa Usher de Poe, fantasmal bar, allá al final de la avenida Independencia. Y el bar Río Manso, donde la ventolina de los alisios alivia de la resolana a los transeúntes y los incita a tomarse unas frías y espumosas cervezas que arrebatan risas de sus cariacontecidos semblantes y los hace entregarse a la conversa. La bodega de Mano Billo donde escuchábamos la conversa de El Rojo con el poeta Albarado. El bar Venezuela, El Paisa, el patio de Olga, fueron descubrimientos de Ulises en su odisea bohemia, una vez que aceptamos el fracaso grupal literario y sólo persistíamos en la búsqueda de ese alguien que éramos, pero habíamos perdido, entendido bien que no éramos vanguardia de nada y que siempre estábamos comenzando unos y otros desistiendo; irresponsables militantes de nada, ilusos todos, barquitos ebrios de papel dando tumbos por las esquinas sin que ninguna novia viniera a acariciarnos la joroba del deshacimiento. Qué época, qué hermosa irresponsabilidad la de entonces, sin saber que fraguábamos delirios y futuras penas. Después, sólo queríamos hacerle saber a los señores de la revista Polémica que no estábamos allí para hacerles comparsa y nos fuimos a publicar en los periódicos esos balbuceos que sólo nuestros amigos leían. Cómo no recordar el bar La Linda, preferido por Delio, cuando con lacerante ironía nos desengañaba, burlándose de nosotros con sus filosos epigramas, con los bolsillos llenos de su sueldo de profesor y el cierre del pantalón abierto, manguera suelta de esquina a esquina, desafiando una ciudad que lo ignoraba, cuando solía él pagarnos las cervezas en Mi Casita y reprendía así la impertinencia de nuestros egos, sin aún haber escrito algo que valiera la pena. ¡Ah! cómo me río de todo esto, mientras me doy otro trago. El barcito de Castor Anderson a donde caíamos si la noche nos agarraba por Pantano Arriba, buscando al poeta Albarado en compañía del Poetica Mirada, a quien encontrábamos siempre con Chopito y el gordo Arteaga libando. Y el Colonial que tuvo una vez la barra más ancha de la ciudad, y el Magestic que era bien concurrido y, por sobre todos estos, el Garúa, sí, el Garúa, al que ya casi no voy, el mítico bar de la ciudad de arena, el papá de los bares como decía Cucas Mieres, donde podías escuchar Yira cuantas veces lo pusiera Carlitos Marxtínez, desenfrenado y elocuente con no pocas cervezas en el bolsillo para brindar, sin enterar a nadie que la farra era costeada por una dama de la crema que le gustaban sus locuras. El Garúa, donde bien estabas escuchando un viejo son y llegaba un músico de la sinfónica y te hacía oír a Schubert, arrojando un bolívar por la ranura y presionando G8 en su vieja rocola…

Ya el hombre que estaba sentado a tu lado se ha ido. Por un momento saliste de la caja de reflejos que es tu recuerdo. Es imposible escapar de esto, te dices. La memoria te acosa por todos lados, sólo ella tiene un por qué, una justificación para que sigas escribiendo. Cierto, hubieras querido que Liberto Liberio fuera sido una invención, por lo menos uno entre tantos rostros que te surcan, pero no, tal como lo viste quisiste abordarlo, cuando comprobaste que no era una aparición o un loco de los que se te acercaba por hacerte sangre como decía tu hermana, sino algo así como un salta planetas y aún te preguntas como fijaste sus enrevesadas palabras, esas que hablaban de y por Artaud. Liberto, ese que no sólo parecía hecho de abandono, sino que su orgullosa desolación la llevaba bien puesta como llevaba su traje negro, ese que no tenía que ser inventado porque que era ya una invención de sí mismo para sobrevivir a ese algo “normal” que definitivamente había muerto dentro de él, pero que bien pudo servirte a ti para callar el alud de pensamientos que inundaba tu cabeza y la arrojaba lejos. Liberto Liberio, ahora sé por qué vuelvo a recordarte. Pertenecías a esos seres para los que ya no es apetecible llevar el corazón en la mano, sino ofrecerlo desde el lugar donde puede llegar el otro a verlo. Cada vez que te veía necesitaba tomarme unas cuantas cervezas para salir de esa perplejidad en la que me dejabas caminando calle abajo como yendo a ninguna parte, perdido de todo, pero encontrado en mí mismo. Es decir, solo, sin nadie. Ahora tómate otra, la que pediste se ha calentado y nos más respuesta que esta. Liberto Liberio era ese otro, siendo tú mismo.

Cómo creer que la llave que buscas sea esta curva de espiral donde caben todos tus recuerdos y que localizas ahora sentado frente a una cerveza. Ahora sólo sabes que saberlo te incita a reír, aunque ganas no tengas, y que puedes abandonarlo todo ahora mismo, porque es sólo cuestión de querer, pero también sabes que aún aguarda el encuentro al que ya te acercas. Sí, has unido todo lo que ya es recuerdo, lo has unido a este momento sin conseguirlo del todo, porque siempre algo se escapa para que el misterio siga siendo y tú entreviéndolo mañana, tarde y noche, como lo es esta venteada noche. Fue en un bar donde descubriste que conversando contigo podías llegar a esto. Conversar contigo sí, o con ese otro que eres, para no quedarte con todo adentro, culebra ciega mordiéndote.

Otra cerveza, ya debo irme, la noche es alta y no vino mi bella-, digo al mesonero y me escabullo hacia la calle, silenciosa, oscura como siempre, mientras toco en el bolsillo de mi pantalón la llave con la que he de abrirme paso hasta la cama, borracho como hacía tiempo no estaba.

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La llave de arena (novela). César Seco. Parte IV. Capítulo 12

CS

César Seco

@cesar-seco