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- Quim Ramos
El cencerro comenzó a sonar en la esquina de Santa Ana con San Francisco. Yo había salido más temprano en la tarde para sacar unas fotocopias y de paso hacer una rápida visita a la biblioteca. De allí me fui con un libro de cuentos de Bradbury. El libro se titulaba Mucho después de media noche y su primer cuento, La botella azul, hablaba de un deseo intimo, inconsciente, que todo hombre neurótico (que son la mayoría) tiene: la muerte.
Venía yo pensando en ese cuento cuando sonó el cencerro. Miré hacia el lugar de donde provenían las bucólicas campanadas, dos contenedores de basura situados en la esquina. Junto a ellos un hombre conversaba por el móvil. Hablaba en un idioma extraño cuya musicalidad se acompasaba con el tintineo denso del cencerro. Miré bien. Nada. Solo aquel hombre hablando de sus cosas. Seguí mi camino. Me olvide del sonido del cencerro. Me ensimismé en el cuento de Bradbury. Pero subiendo por San Francisco lo volví a escuchar. Y casi de inmediato comprendí que no había dejado de sonar. Lo escuchaba a mis espaldas. Me di la vuelta. Nada. Era el único que transitaba la calle. Y, sin embargo, allí estaba el campaneo. Sin duda me seguía. Reanudé el camino con una idea en la cabeza. Justo cuando puse el pie en el primer escalón del puente que cruza las vías del tren, cambié bruscamente de dirección y corrí. Crucé la calle, atravesé el enrejado roto por el vandalismo y la pereza. Hubo, entonces, la feliz coincidencia de un tren en marcha, acercándose, ya a poca distancia, cuando yo cruzaba al otro lado. Los vagones pasaron uno detrás del otro y levantaron una barrera entre el cencerro y yo. Los pitidos desesperados y el traqueteo metálico e insistente del tren colmaron el aire. El tañido ya no se escuchaba. Convencido de que le había dado esquinazo me interné en la espesura, atravesé otras rejas rotas y salí a la calle. Me senté en un banco para felicitarme por mi astucia. No tuvo tiempo mi cuerpo de relajarse cuando el cencerro volvió. Sonaba ahora con más fuerza. Sonaba enfadado, un enfado no exento de burla.
No tuve más remedio que regresar a casa con el sonido del cencerro pisándome los talones. Encontré a mi esposa en plenas faenas domésticas. Su mirada me informó que yo estorbaba. Me metí en el cuarto. El cencerro conmigo. Me acosté en la cama. Era momento de meditar, de hacerse preguntas y de buscar las respuestas. ¿Por qué un cencerro? ¿Qué tengo que ver yo con vacas? Una vez, hace infinidad de años, una vaca me lamió la cara. Fue desagradable, pero no causó ningún trauma en mi psiquis. Ademas, en toda mi vida, que ha sido relativamente larga, fue mi única interacción con uno de esos animales. Por otro lado, los cencerros no me dicen nada. Soy un hombre de ciudad, de concreto y asfalto y de ruidos continuados y febriles. No tengo nada que ver con los sonidos bucólicos de la campiña.
Mi esposa entró al cuarto como una tromba, barriendo y fregando el piso con su furia habitual. ¿No escuchas nada?, le pregunté. ¿Escuchar, qué?, repreguntó sin dejar de rastrillar a diestra y siniestra. Es como un cencerro, respondí. Tu cerebro sí que es un cencerro. Dijo esto y con la misma furia salio del cuarto dejando en el aire un fuerte olor a lejía.
Así que solo yo escuchaba el maldito cencerro. Así que yo estaba loco. El sonido de un cencerro se había instalado en mi cabeza y había infectado mi mente. A pesar de que las evidencias indicaban que me volvía loco, decidí consultar a un otorrino. Había escuchado sobre una rara enfermedad que afectaba el interior de los oídos de algunas personas, una enfermedad llamada tinitus, una extraña enfermedad sin cuerpo, un fantasma inasible que vagaba por los laberintos oscuros del oído y que desde allí torturaba horriblemente a su portador durante toda la vida. No se me escapaba el detalle de que el sonido de un cencerro distaba mucho de un pitido agudo, pero no perdía nada si por esta vía descartaba la locura como causa del sonido. No iba a tirar la toalla. No iba a rendirme a la locura. No iba a… Me quedé dormido.
Avanzaba por un denso y oscuro bosque de hayas y robles. Hacía frio. El silencio era una presencia física. El sonido de mis pasos en el estrecho sendero creaban una burbuja que me separaba de él. Si me detenía, si no me movía, si no respiraba, la burbuja reventaba y era la divina sordera. Era agradable, era casi sanador. Después de mucho caminar y tropezar salí a un claro. Ante mi una extensa pradera de pasto verde rodeada de bosque. Al fondo un grupo de vacas me miraba con sorpresa. Las vacas vinieron hacia mi atraídas por (ahora volvía a escucharlo) el sonido de mi cencerro. Me rodearon. En su actitud, casi siempre satisfecha e indiferente, notaba, ahora, ya no la curiosidad inicial, sino un conato de admiración que parecía ir creciendo a medida que mi cencerro les hablaba. Porque mi cencerro les hablaba. Y ellas, las vacas, le escuchaban. No era yo el único que oía el campaneo, entonces. Ahora bien, qué les decía mi cencerro a las vacas no tenía la menor idea. No sabía que un cencerro podía expresar ideas. Y no sabía que las vacas pudieran entender su lenguaje. Aunque, si se piensa bien, no tiene nada de extraño puesto que las vacas llevansus propios cencerros y es lícito pensar que ellas puedan entender su lenguaje y expresarse con él también. Y es lo que hicieron, moviendo con ritmo pausado sus cabezas. Resultó, ese diálogo entre mi cencerro y el de las vacas, ensordecedor. Las paredes del bosque temblaban y arriba los puntitos luminosos y titilantes, muertos hace millones de años, se desprendían del firmamento. Las vacas habían formado un círculo cerrado alrededor del que me era imposible escapar. Habría dado cualquier cosa por saber qué se decían aquellos. Para mi era solo ruido. Un ruido que ya no remitía a escenas bucólicas en campiñas con suaves colinas y soles otoñales que acariciaban la tierra. Esto más parecía una tormenta desastrosa, un zafarrancho metálico que amenazaba con volarme los oídos. Y cuando creí que ya no iba a soportar mas, cuando pensé que iba a morir de tanto escándalo, desperté.
Era noche cerrada. Mi esposa roncaba a mi lado. Miré la hora en el móvil. Las 3:33 de la madrugada. ¿Cómo se puede dormir tanto con un maldito cencerro enroscado en el hueco del oído?
Me asomé a la unánime noche. No a su silencio, usualmente denso, palpable y arrobador, puesto que el cencerro me acompañaba con su murmullo monótono. El resplandor que emitía la ciudad con sus innumerables luces ocultaba las estrellas ¿O es que, como en el sueño, las ondas sonoras del cencerro las había desprendido de su sitio en el universo? Desde luego, el sonido persistente y molesto me hacía pensar en tonterías. La molestia, lo pensé bien, no provenía del campaneo en si. Lo que verdaderamente me molestaba era la cercanía: había hecho su nido en el pabellón de mi oreja. Era una invasión de mi intimidad, una emboscada a la cordura que me seguía allí adonde fuera, dentro de mi.
Mirando el cielo, que de pronto se encerró tras nubes densas y como con ganas de estallar, se me ocurrió una idea. Fui al baño, llené la bañera, me desvestí y me sumergí en sus aguas calientes. Hice todo esto, realicé estás mínimas operaciones, este ejercicio cotidiano, con la tensión de quien cree haberse topado con la esperanza. Todavía esperé unos minutos antes de hundir la cabeza en el agua. Pensaba en el fracaso y en cómo continuar a partir de él, si es que se podía continuar. Luego, como quien somete al miedo y se deja caer en el agua helada, sumergí la cabeza y agucé el oído, exacto, el cencerro ya no se escuchaba, su canto monótono y persistente se había ahogado en el agua, una victoria que duró el tiempo que pude aguantar la respiración, es decir, poco menos de treinta segundos, poco menos de treinta segundos gloriosos, de gran felicidad y alivio que se vieron frustrados cuando mi cabeza resurgió de las profundidades silenciosas y comprobé que el maldito cencerro seguía allí, vivito y coleando y ahora con un tono de burla en su música despiadada.
La risa del cencerro, imaginada o no, me enfureció. Recordé que mis hijos tenían una careta de buceo. Una que cubría toda la cara, con el tubo para respirar incrustado en un extremo de la parte superior. Salí de la bañera y así mismo como estaba, dejando a mi paso un reguero de agua sobre el parqué, entré en el cuarto de los niños. No tuve que buscar. La careta colgaba de uno de los postes que unían las dos camas. Volví al baño, me puse la careta, ajusté las correas tanto como pude, tanto que las gomas se hundieron en las carnes de mis mejillas y se soldaron al hueso de mi frente. Finalmente me sumergí en la bañera y el cencerro dejó de cantar. Respiré aliviado. Tenía tiempo por delante para descansar. Crucé las manos sobre mi pecho y me dormí.
Regresaba a casa. Vivía en el fondo marino. Flotaba mansamente hacia el abismo. Oscurecía sin prisas. Se apagaba el mundo líquido a mi alrededor. Ningún sonido. Ninguno. Ni siquiera el latido de mi corazón. Nada. Una paz negra se abría ante mi, allá abajo. Me fui con la hondura del silencio como en un pozo sin fondo de aguas inmóviles desde siempre. Me hundí más y más, hasta que ya no supe nada de mi mismo ni del cencerro, que no volví a escuchar jamás.
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