Transtextos
Relato31 de enero de 2026· 5 min

El Pico de Oro

PI
Pino
@pino

Benavides me llamó al Payasito Saltarín una tarde de esas en que la lluvia no decide si caer o no caer. Llegué y encontré al comisario sentado detrás de su escritorio, con un expediente abierto y una expresión que mezclaba urgencia y absurdo. Macu estaba en un rincón, organizando papeles que nadie le había pedido organizar.

—Harold —dijo Benavides, sin preámbulos—. Tengo un caso. Un poeta. Ezequiel Aranguren. Le dicen "El Cuervo". Vive La Parroquia, en un callejón que huele a guayaba podrida.

Me quedé esperando. Con Benavides, los casos siempre empezaban así: con un detalle que no importaba y una urgencia que sí.

—Tenemos un informante que dice que en la casa de Aranguren se están haciendo reuniones subversivas. Consignas de combate. Gritos de guerra. El tipo está organizando algo, pero no podemos entrar sin orden judicial. Y el juez que nos da órdenes está de vacaciones en Margarita.

—¿Y qué quiere que haga yo?

Benavides sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—El poeta tiene un loro. Un loro grande, verde, con plumas desgastadas. Los loros repiten todo. Si hay consignas subversivas, ese pájaro las tiene grabadas. Tráemelo y lo hacemos cantar.

Me quedé mirándolo. No era la primera vez que Benavides me pedía algo así. Pero robar un loro para interrogarlo era nuevo, incluso para él.

—¿Y cómo voy a robar un loro?

—Eso es tu problema. Tú eres el poeta. Los poetas entienden de símbolos. Y los loros son símbolos. O algo así.

Macu se acercó con una taza de café. Estaba fría, como siempre. La dejó frente a mí sin mirarme.

—Comisario —dijo Macu, con esa voz que parecía pedir permiso para existir—. ¿Y si el loro no habla?

—Entonces lo hacemos hablar —dijo Benavides—. Marquina tiene experiencia con eso. Metió a un seminarista en la nevera una vez y terminó confesando todo.

No pregunté qué había confesado el seminarista. En el Payasito Saltarín, algunas preguntas no se hacen.

—¿Y cuándo quiere el loro?

—Esta noche. Antes de que el informante se arrepienta y se vaya a Caracas.

Salí del comando pensando que en Mérida hasta los pájaros están bajo sospecha.

***

La casa de Ezequiel Aranguren quedaba en un callejón del barrio La Parroquia que olía a guayaba podrida y kerosén. Llegué pasadas las once de la noche, cuando la lluvia finalmente había decidido caer y las calles estaban vacías. La puerta de la casa estaba entreabierta. Eso me pareció raro. Los poetas en Mérida no dejan las puertas abiertas, especialmente si están organizando reuniones subversivas.

Entré con cuidado. Adentro, la casa era un desastre de jaulas vacías. Docenas de jaulas, de todos los tamaños, colgando de las paredes, apoyadas en el suelo, amontonadas en las esquinas. Todas vacías. Y plumas por todas partes. No plumas de loro: plumas de gallo, de gallina, de algo más grande. Plumas rojas, negras, blancas, algunas con sangre seca.

En el centro de la sala, tirado en el suelo, estaba Ezequiel Aranguren. Muerto. Tenía marcas de estrangulamiento en el cuello. Los ojos abiertos, mirando el techo. Y en una esquina, en una jaula dorada que parecía demasiado elegante para todo lo demás, estaba el loro.

Era un loro viejo, con plumas desgastadas y un ojo que parecía más alerta que el otro. Me miró cuando entré, pero no dijo nada. Solo movió la cabeza de lado a lado, como si estuviera evaluando la situación.

Me acerqué a la jaula. El loro siguió mirándome. Finalmente, abrió el pico y dijo:

—¡Arriba, arriba, que viene el gancho!

Luego calló. Esperé. Nada más.

—¿Qué más? —le pregunté, como si un loro pudiera responder a una pregunta directa.

El loro movió la cabeza otra vez y dijo:

—Tres rounds y pico de oro.

Después:

—Espuela falsa, espuela falsa.

Y finalmente:

—El zurdo no aguanta.

Eso era todo. No había consignas subversivas. No había gritos de guerra. Solo fragmentos de algo que sonaba a peleas. A boxeo. O a algo que no sabía qué era.

Abrí la jaula y el loro salió sin resistencia. Se posó en mi hombro. Pesaba más de lo que pensaba. Y olía a algo que no podía identificar. A sangre vieja, tal vez. O a plumas mojadas.

Salí de la casa con el loro en el hombro y dejé atrás al poeta muerto en el suelo. En Mérida, los trabajos nunca salen como uno espera.

***

Volví al Payasito Saltarín con el loro. Benavides estaba esperando, con Marquina y Macu formando un semicírculo alrededor del escritorio como si fueran a presenciar un milagro.

—¿Ese es? —preguntó Benavides, señalando al loro que ahora estaba posado en el respaldo de una silla.

—Ese es. Pero hay un problema.

—¿Qué problema?

—El poeta está muerto. Lo encontré estrangulado en su casa.

Benavides frunció el ceño.

—¿Y el loro habla?

—Habla. Pero no dice lo que usted espera.

Le conté lo que el loro había dicho: los fragmentos de pelea, los rounds, el pico de oro. Benavides se quedó callado un momento. Luego se acercó al loro y le puso una lámpara en la cara.

—Habla, maldito. ¿Qué consignas subversivas sabes?

El loro movió la cabeza y dijo:

—¡Arriba, arriba, que viene el gancho!

Benavides se alejó, frustrado.

—¿Me trajiste al loro que era o te robaste uno de un gimnasio? —preguntó, y su voz tenía ese tono de quien acaba de descubrir que el mundo es más absurdo de lo que pensaba.

Macu se acercó con una galleta.

—A veces los loros hablan si les das comida —dijo, y le ofreció unas galletas Oreo.

El loro la agarró con el pico, la miró, y la tiró al suelo.

—Tres rounds y pico de oro —dijo, y calló.

Marquina, que había estado observando en silencio, se acercó.

—Comisario, yo puedo hacerlo hablar. Le meto en la nevera un rato. Los loros no aguantan el frío. Terminan confesando todo.

Benavides lo miró con desprecio.

—Marquina, si metes ese loro en la nevera, te meto a ti también. Y no para que hables, sino para que te quedes ahí.

Marquina retrocedió. Macu siguió ofreciendo galletas. El loro siguió repitiendo los mismos fragmentos. Y yo me quedé pensando que algo no cuadraba. Un poeta muerto. Un loro que solo habla de peleas. Y una casa llena de jaulas vacías y plumas de gallo.

—Comisario —dije—. ¿Puedo investigar un poco más? Algo no me cuadra.

Benavides hizo un gesto de desprecio.

—Investiga lo que quieras. Pero ese loro no se mueve de aquí hasta que diga algo útil. O hasta que me aburra. Lo que pase primero.

***

Fui al Rincón del Tango esa misma noche. Era tarde, pero el bar todavía tenía clientes. Viejos borrachos contando historias que nadie creía. Estudiantes de Letras discutiendo sobre versos que nadie leería. Y en un rincón, un tipo que conocía a todo el mundo y a quien todo el mundo conocía: Elías, el que siempre sabía todo sobre todos.

Me senté en la barra y pedí una cerveza. Elías se acercó, como sabía que se acercaría.

—Harold —dijo—. ¿Qué te trae por aquí a esta hora?

—Preguntas sobre un poeta. Ezequiel Aranguren. "El Cuervo".

Elías arqueó una ceja.

—El Cuervo. Ese tipo era raro. Poeta de segunda, pero tenía plata. Coleccionaba pájaros.

—¿Pájaros?

—Sí. Tenía una casa llena de jaulas. Gallos, gallinas, loros, lo que fuera. Pero no los tenía para venderlos. Los tenía para entrenarlos. O algo así. Nadie sabía bien para qué.

Me quedé esperando. Elías siempre daba más información si no lo apurabas.

—Lo que sí sé es que era famoso en las galleras clandestinas. No por sus gallos. Por su "gallo imposible".

—¿Gallo imposible?

—Sí. Traía un gallo que peleaba distinto. No picoteaba como los demás. Esquivaba, golpeaba con las alas, se movía en círculos. Los otros gallos no sabían cómo reaccionar. Ganaba siempre. Le decían "El Pico de Oro".

—¿Y cómo era físicamente ese gallo?

Elías se quedó pensando.

—Raro. Tenía una cresta que parecía postiza. Y las plumas eran de colores extraños. Verdes, algunas. Como si las hubieran teñido. Pero nadie miraba muy de cerca. En las galleras clandestinas, el que pregunta mucho termina mal.

Me quedé callado. Las piezas empezaban a encajar. El loro. Los fragmentos de pelea. Las plumas de gallo en la casa. El "gallo imposible" que peleaba como boxeador.

—¿Y quién más sabía de esto?

—Todo el que apostaba en las galleras. El Cuervo ganaba siempre. Y cuando alguien ganaba siempre, alguien más perdía siempre. Y los que pierden siempre, tarde o temprano, se dan cuenta de por qué.

Salí del bar con la mente dando vueltas. El loro no era un testigo de consignas subversivas. Era "El Pico de Oro". El gallo imposible que ganaba todas las peleas porque no era un gallo. Era un loro disfrazado, entrenado para pelear como boxeador.

Las "consignas de combate" que había escuchado el informante eran las instrucciones de entrenamiento. Los "gritos de guerra" eran los rounds de práctica. Y alguien había descubierto la trampa y había matado a Ezequiel.

Solo faltaba saber quién.

***

Pregunté en las galleras clandestinas. No fue difícil encontrarlas. En Mérida, las galleras clandestinas son como los bares: todos saben dónde están, pero nadie las menciona en voz alta.

En una del barrio Pueblo Nuevo, un gallero viejo me contó que Rigoberto "El Tuerto" Mendoza había perdido una fortuna apostando contra "El Pico de Oro". No era el único, pero era el que más había perdido. Y era el que más había sospechado.

—Rigoberto es profesional —me dijo el gallero—. Sabe de gallos. Y sabía que ese gallo no era normal. Pero no podía probarlo. Hasta que una noche, después de una pelea, le arrancó la cresta al gallo. Y ahí se dio cuenta.

—¿Se dio cuenta de qué?

—De que no era un gallo. Era un loro. Con cresta postiza y plumas teñidas. Un loro entrenado para pelear.

—¿Y qué hizo?

—Juró venganza. Dijo que El Cuervo le había robado años de trabajo. Y que iba a cobrarse.

Encontré a Rigoberto en su casa, en el mismo barrio. Era un tipo grande, con un ojo tuerto y manos que parecían hechas para romper cosas. Me recibió sin sorpresa, como si supiera que yo iba a llegar.

—¿Usted es el que anda preguntando por El Cuervo? —dijo, sin ofrecerme asiento.

—Soy el que encontró el cadáver.

Rigoberto asintió.

—Yo lo maté. No voy a negarlo. El tipo me robó años de trabajo. Me hizo perder una fortuna. Y cuando descubrí la trampa, juré que iba a cobrarme.

Me quedé callado. No era mi trabajo arrestar a nadie. Eso era trabajo de Benavides. O de la PTJ. O de alguien que tuviera jurisdicción sobre crímenes comunes.

—¿Y por qué no mató también al loro? —pregunté, porque era la única pregunta que me importaba.

Rigoberto sonrió. Era una sonrisa triste.

—¿Matar a un loro? Eso es mala suerte. Además, el loro no tiene la culpa. El loro solo hacía lo que le enseñaron. El Cuervo lo entrenó. El Cuervo lo disfrazó. El Cuervo lo metió a pelear. El loro solo obedeció.

Me quedé pensando en eso. El loro como víctima. El loro como cómplice. El loro como testigo. El loro como lo que fuera, pero siempre atrapado en algo que no había elegido.

—¿Y qué va a pasar ahora? —pregunté.

—Nada. En Mérida, los crímenes se resuelven solos. O no se resuelven. Depende de quién tenga más plata. O más conexiones. Yo no tengo ni lo uno ni lo otro. Así que probablemente nada.

Salí de la casa de Rigoberto pensando que en Mérida hasta los asesinos tienen filosofía. Y que a veces, la filosofía es lo único que queda cuando ya no queda nada más.

***

Volví al Payasito Saltarín y le conté a Benavides lo que había descubierto. El comisario escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, hizo un gesto de desprecio.

—Gallos. Loros. Apuestas clandestinas. Eso no es mi jurisdicción. Eso es crimen común. Que lo resuelva la PTJ.

—¿Y el loro?

—El loro se queda aquí. Por ahora. Hasta que decida qué hacer con él.

Macu se acercó, con esa mezcla de servilismo y curiosidad que lo caracterizaba.

—Comisario, yo puedo cuidarlo. Si quiere. Los loros son fáciles de cuidar. Solo hay que darles comida y agua.

Benavides lo miró con desprecio.

—Macu, si tú quieres adoptar un loro, adóptalo. Pero que no me moleste. Y que no hable de consignas subversivas. O de boxeo. O de nada que me recuerde este caso.

Macu asintió, emocionado. Se acercó al loro y le ofreció una galleta. El loro la agarró, la miró, y la tiró al suelo.

—Su café, comisario —dijo Macu, como si estuviera enseñándole al loro a hablar.

El loro movió la cabeza y dijo:

—¡Arriba, arriba, que viene el gancho!

Macu siguió intentando. El loro siguió repitiendo los mismos fragmentos. Y yo me fui pensando que en Mérida hasta los pájaros tienen que disfrazarse para sobrevivir. Y que hay cosas que se aprenden tan bien que ya no se pueden desaprender: el loro sigue repitiendo los rounds de pelea, aunque ya no haya nadie que lo escuche. Aunque ya no haya gallos que enfrentar. Aunque ya no haya apuestas que ganar.

El loro seguirá repitiendo esos fragmentos hasta que se muera. O hasta que alguien le enseñe algo nuevo. Pero en Mérida, nadie enseña nada nuevo a nadie. Solo se repite lo que ya se sabe. Y se repite hasta que deja de tener sentido. O hasta que alguien lo escucha y piensa que significa algo que no significa.

***

Un mes después, fui al Rincón del Tango. Era tarde, y el bar estaba medio vacío. Me senté en la barra y pedí una cerveza. En la mesa de al lado, un viejo le contaba a otro la historia de un gallo que peleaba como boxeador. Un gallo que ganaba siempre. Un gallo que tenía un estilo que ningún otro gallo conocía.

—Le decían "El Pico de Oro" —dijo el viejo—. Y ganaba todas las peleas. Hasta que un día desapareció. Y su dueño también. Dicen que lo mataron. O que se fue a Caracas. O que se lo comió el mismo gallo. Depende de quién cuente la historia.

El otro viejo asintió, como si la historia tuviera sentido. Como si fuera normal que un gallo peleara como boxeador. Como si fuera normal que un gallo ganara siempre. Como si fuera normal que un gallo desapareciera y su dueño también.

Nadie mencionó que era un loro. La leyenda ya estaba naciendo. Y las leyendas, una vez que nacen, ya no necesitan la verdad. Solo necesitan que alguien las repita. Y en Mérida, siempre hay alguien dispuesto a repetir una leyenda. Aunque la leyenda sea sobre un loro disfrazado de gallo que peleaba como boxeador y ganaba siempre.

Y el loro, en algún lugar del Payasito Saltarín, sigue repitiendo los mismos fragmentos. Sigue diciendo "¡Arriba, arriba, que viene el gancho!" y "Tres rounds y pico de oro" y "Espuela falsa, espuela falsa" y "El zurdo no aguanta". Sigue repitiendo, aunque ya no haya nadie que entienda qué significan esas palabras. Aunque ya no haya gallos que enfrentar. Aunque ya no

haya apuestas que ganar.

PI

Pino

@pino