Transtextos
Relato3 de mayo de 2026· 5 min

El tiempo perdido

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Quim Ramos
@qramos

Como cada domingo Tobías Mendoza se despertó a las diez de la mañana, se desperezó, ronroneó un rato en la tibieza de las sábanas, miró el retrato de su esposa y de su hijo sobre la mesita de noche, miró por la ventana el cielo inusualmente azul en invierno, se levantó de la cama con un salto anémico y fue a ducharse.

Tobías Mendoza se bañaba metódicamente: Empezaba por el cabello y terminaba por los pies en un orden inconmovible que repetía desde que tenía memoria: cara, cuello, nuca, axilas, entrepierna y allí en donde la espalda pierde su nombre. Siempre igual. Tobías era un tipo obsesivo. Sin embargo, ese domingo, por breves instantes, su mente se vació. Se quedó en blanco, como ido, mirando los potes de champú y los jabones sobre la encimera y como hechizado por el sonido del chorro de agua de la ducha golpeando la cerámica de la bañera, tratando de recordar qué seguía luego de lavarse las axilas. Solo cuando sus ojos se posaron en un viejo envase de ducha vaginal recobró la memoria y pudo continuar con su baño. No le quedó claro si esa repentina pérdida de memoria fue la causa de que tuviera la sensación de estar tardando más de lo acostumbrado en bañarse. Pero fue tan fugaz esa sensación que la olvidó de inmediato.

Salió del baño mientras se secaba el pelo con una toalla. Hizo a tientas el camino hasta la sala. Cuando se quitó la toalla de la cabeza se encontró con la sala en penumbras y cuando miró por la ventana vio unas últimas hilachas rosas que se desprendían de las nubes oscuras. La toalla se escurrió de sus manos y cayó al suelo. Fue hasta la ventana y la abrió. Un vaho de aire caliente le golpeo el cuerpo desnudo. Se asomó y miró. Los árboles de la vereda, cubiertos por las hojas verdes del verano, se mecían suavemente por efecto de una brisa apenas perceptible. Había oscurecido ya casi totalmente. En el horizonte, detrás de unos edificios, aún se veía un débil resplandor blanco que iba amarilleando. Las nubes desaparecían poco a poco y se dejaban ver las primeras estrellas.

Regresó al cuarto, se sentó en la cama y agarró el móvil de la mesita de noche. Eran las 9:37 PM. Se miró las manos. Luego, tontamente, pensó en la factura del agua. Recordó que en la mañana se había levantado de la cama con desgana, pero eso ya le pasaba desde hacía tiempo. Además, poco tenía que ver su estado de ánimo con lo que ocurría. ¿O sí? Dejó el móvil en la mesita de noche y cogió el retrato. Lo miró largamente. Su hijo tenía una expresión seria, ligeramente fastidiada y miraba a la cámara con la insolencia propia del adolescente que era. Acarició con los dedos el rostro de su esposa. ¿Qué dices? ¿Me estoy volviendo loco? No hubo tiempo de que su mujer le respondiera desde el retrato. Sonó el timbre. Su cuerpo se tensó. Se vistió y fue a abrir. Pero la puerta cedía. Giró el pomo unas cuantas veces, pero la puerta terca no se movía. Entonces recordó que, como cada noche, le había pasado la llave a la cerradura. Son los nervios, se dijo. Cuando por fin pudo abrir, allí estaba su hijo vestido con la katana y la mochila al hombro. Hola papi, dijo y entro en el apartamento. Lo vio pasar sin soltar el pomo de la puerta con la esperanza de que el niño cambiara de opinión, se diera la vuelta, regresara por donde había venido y desapareciera. Pero el niño lanzó la mochila sobre el sofá, agarró el control de la televisión de la mesa de la sala, lo prendió, se sentó en el suelo de parqué y se puso a ver iCarly. Papi, tengo hambre, dijo con los ojos fijos en la pantalla.

Resignado, cerró la puerta y, en lugar de ir a la cocina, regresó al cuarto. Avanzó despacio, sin dejar de ver al niño, girando la cabeza a medida que avanzaba como una serpiente que no le quita la vista a un depredador, lo miraba como si quisiera desarmarlo con los ojos, estudiar sus partes, convencerse de que realmente se trataba de su hijo. En el vano de la puerta aún se quedó unos segundos viendo al niño con una mezcla de fascinación y terror. Luego fue hasta la mesita de noche y agarró el móvil. En el ícono de calendario se leía lun 17. Dejó caer el dedo sobre la pantalla con la fatalidad de una guillotina que cae sobre el cuello de un pobre infeliz: Agosto 2016 ¡Diez años! Entonces, ¿su hijo no había…? La puerta del apartamento se abrió, tintineo de llaves, tacones sobre el parqué. Vio claramente los zapatos rojos que elevaban los talones y perfilaban los gemelos. El niño gritó: Mamíííííí, papá no me ha hecho la comida. Caramba. La voz melódica, ligeramente ronca de su mujer llegó hasta él como una bofetada. Cariño, lo llamó. Él metió el retrato en uno de los cajones de la mesita de noche y por primera en mucho tiempo su cara se iluminó con una sonrisa.

El martes amaneció cubierto por una densa neblina. El barrio se desdibujaba tras una bruma estática y silenciosa. Decidieron quedarse en casa, dejar que el niño durmiese hasta tarde y si salía el sol al mediodía, llevarlo a un parque, quizás hacer una excursión a la montaña. Animada por la perspectiva de una salida familiar, la mujer saltó de la cama y fue a la cocina a preparar las viandas. Él se quedó en la cama, pensando. La noche anterior no se había atrevido a tocarla. Tuvo miedo de que se le deshiciera entre las manos, de que no fuera real, de que todo fuese tan solo un sueño. Pero, ¿y si el sueño fue lo otro, esos dos largos años de soledad y tristeza? Un sueño o un error. Sí, todo había sido un mal sueño. Se convenció de ello. El mundo había vuelto a recomponerse, sus piezas a encajar en el lugar correcto De alguna manera he recuperado el tiempo perdido, se dijo.

Al mediodía la neblina aún no se había retirado. Todo lo contrario, se había hecho más densa e impenetrable. Afuera ya no se veía más que un muro blanco. El barrio se había desvanecido. Se quedaron en casa, en la sala. La mujer caminaba de un lado al otro, los tacones marcaban un ritmo lúgubre sobre el parqué. El, sentado en el sofá, miraba al niño jugar en la Play. El niño conducía un coche por una ciudad de grandes edificios. Se saltaba los semáforos en rojo, atropellaba gente. En ocasiones, lo perseguía la policía, pero el niño tenía una habilidad diabólica para perderlos. Pronto estuvo en las afueras de la ciudad. Atravesó un mísero pueblito de chabolas desportilladas y campers oxidados y se internó en el desierto. De pronto, de la nada, apareció un tanque que le pasó por encima y se alejó. Fue tan inusitado, tan violento, que pegó un brinco en el sofá y poco le faltó para correr hacia el niño con la intención de socorrerlo. El niño lanzó un largo bufido, como si se desinflara, se dejó caer de espaldas sobre el parqué y extendió los brazos hacia los lados. En la pantalla el coche era un amasijo de pixeles envuelto en las llamas. La mujer, de espaldas a la escena, se había llevado las manos a la cara, sus hombros temblaban, uno de los tacones se había roto. Afuera, la niebla había desaparecido. Por la ventana abierta entró una ráfaga de aire helado que lo envolvió con una ternura que le sorprendió y que le provocó una ligera convulsión.

Tobías se paró del sofá y caminó hacia la ventana dejando a su paso un hilillo de agua. La cerró. Dejó la mañana luminosa afuera, donde no pudiera hacer daño. Luego agarró el mando del televisor y lo apagó. Fue a su cuarto, se vistió. Sacó el retrato del cajón de la mesita de noche y lo puso en su lugar. Lo miró un rato. Allí también estaba su móvil. En la pantalla podía leerse dom 23. No quiso ver el año. No hacía falta. Fue a la cocina y se preparó el desayuno. Cuando estaba dejando el plato sobre la mesa del comedor su pie tropezó con un objeto que rodó hasta debajo de la cómoda. No pudo ver qué era.

Así que Tobías Mendoza rodeó la mesa, se agachó en el sitio donde el objeto había desaparecido y metió el brazo. A la primera dio con lo que buscaba. Lo sacó de la oscuridad, se lo acercó a los ojos y lo estudió unos segundos. Volvió a la mesa, se sentó, dejó el objeto al lado del plato y comenzó a comer. El pequeño obelisco rojo giró un par de veces sobre si mismo antes de detenerse. Ya no volvió a moverse más.

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Quim Ramos

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