Existen en el lenguaje términos que con el tiempo van cargándose de un significado que es traducible a los diversos idiomas. Se dice “kafkiano” para definir lo laberíntico, tortuoso, circular, infinito, incomprensible o insoluble. Pero no debe uno pensar que es así la escritura de Franz Kafka, uno de los monstruos sagrados de la novelística del siglo XX, de quien el generoso Jorge Luis Borges dijo que casi todo el mundo lo cita y casi nadie lo lee, sin embargo, no hay biblioteca que se precie donde no aparezcan varios de sus títulos. Su prosa es diáfana; sus descripciones de ambientes, personajes y situaciones son casi cinematográficas; sus temas son otra cosa. También se recuerda a Kafka, ya próximo a morir tuberculoso, apenas de 41 años, encomendándole a su amigo Max Bord la quema total del grueso de su obra inédita. Tal actitud lo destacó como un autor de extremada modestia; nosotros pensamos que no era tal, el hombre ya sufría la conciencia del genio, él sabía que Bord no acataría la orden como efectivamente no lo hizo, y salvó del fuego purificador numerosos textos, entre otros El castillo y El proceso, sus dos más importantes novelas. De este autor la mayoría de los lectores conocen La metamorfosis, la tremebunda historia de Gregorio Samsa convertido en una gigantesca cucaracha; Gabriel García Márquez dijo alguna vez que su lectura, junto con las narraciones orales de su familia fueron las pistas que lo llevaron al realismo mágico. Probablemente la obra más representativa de Kafka sea El proceso, una historia angustiosa en un ambiente equívoco, donde nada se sabe ciertamente. Se trata del caso de Josep K, un aventajado funcionario de la banca que intempestivamente recibe en su habitación la visita de varios policías, o personas que no afirman ser policías pero que se comportan como tales, y le comunican a K que está detenido y procesado por una denuncia de no se sabe quién ni por qué. En un principio K, seguro de su inocencia, desestima la acusación pero se somete a la causa. En su primera comparecencia se encuentra con que el juicio no se celebra en un tribunal común sino en un edificio vetusto y tumultuoso que algunas mañanas funciona como tribunal y todas las tardes es una especie de casa de vecindad, con niños, lavanderas, limosneros, gritos y todo el decorado de tales recintos. El escepticismo de K, y su seguridad inicial de que todo terminará bien se enuncia claramente apenas en la página 8: “K se sabía miembro de un estado constitucional en el cual reinaba la paz y el orden, y las leyes eran cumplidas.” Pero pronto verá que no es exactamente así, que el solo hecho de ser un procesado, una extraña forma de detenido en libertad, es una afrenta para su familia y un peligro para su carrera como apoderado y administrador. Sin embargo, K trata de cumplir con un reglamento que no conoce, y se dispersa en iniciativas hasta que uno de sus tíos, enterado del caso, lo ubica y lo lleva a consultar a un abogado que él mismo ha designado para defensa. Pero el Estado no reconoce la defensa, tan solo la admite de manera tangencial. Por ejemplo, el defensor no tiene derecho a presenciar las audiencias, una especie de asamblea que convoca a dos grupos opuestos, nadie sabe a qué ni por qué, y sólo se entera de esas vocingleras deliberaciones posteriormente, cuando el propio acusado le narra lo sucedido, y desde esa versión debe diseñar una estrategia; como se ve, un despropósito jurídico aceptado por las partes. Son otros personajes principales las señora Gurnbach, casera de Josep K, la señorita Burster, vecina de habitación con quien el veleidoso K aspira a vivir un romance; Elsa, la esposa del ujier del tribunal, quien desea fugarse con K; Bestold, un estudiante de leyes que acosa a Elsa; Leni, la enfermera que cuida al jefe del despacho, con quien K vive una tórrida e imprudente aventura; Huld, el abogado defensor, un hombre de largos e inútiles discursos de quien K duda si trata de defenderlo o de incriminarlo y que esencialmente desconoce la causa, como se aprecia en la página 111: “Todos los expedientes, y lo más importante, el escrito de acusación del fiscal, no están al alcance del acusado ni de su abogado defensor, por ello es impensable saber exactamente, y ni siquiera de una manera aproximada, adónde debía dirigirse la primera demanda.” Como vemos, es una historia inimaginable, un desencuentro con la realidad que puede resumirse en una de sus oraciones: “Sufrir un proceso es casi haberlo perdido.” Es además una lectura imprescindible.
Relato8 de marzo de 2026· 5 min
Franz Kafka: El proceso (Por escrito)
JP
Juan Rivas Pulido
@juanrivaspulido
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Juan Rivas Pulido
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