Transtextos
Relato22 de junio de 2026· 5 min

Instantáneamente

LG
Luis Garmendia
@luisgarmendia

Aparte del loco Castillo, que pintaba con estiércol manchas en retazos de tela de saco,nunca hubo nada parecido a un pintor en San Pompilio de Cabutrica, y eso ayudó a que el asombro colectivo ante la polaroid SX 70 de la muchacha fuese absoluto.

Los más viejos decían que hacía muchos años, el pueblo había recibido a otro visitante con una cámara, pero aquel aparato era una cosa enorme, con aspecto de pájaro de río, que escupía fogonazos y escondía sus mecanismos detrás de una tela negra. El fotógrafo, un hombre flaco, de casi dos metros, que tenía que curvarse como un garfio sobre la cámara para poder sumergirse en ella, había venido con el ejército y los ingenieros en los tiempos en que se comenzó a hacer la carretera en los llanos. Nunca fotografió al pueblo, sino a los espacios donde los presos tallaron la vía meses después. La gente de San Pompilio jamás vio una sola fotografía; supo de ellas por los comentarios de los soldados que se acercaban a pedir agua y, si era posible, algo de comer: “Esa máquina se lleva las formas de las cosas”.

Esta vez no se trataba de aquel hombre misterioso venido con soldados, sino de una muchacha sonriente que bajó de un Jeep amarillo pintado con tulipanes anaranjados, vistiendo sandalias de cuero, blusa, pantalones vaporosos y sobrero de copa. La cámara también era muy diferente: una cajita rectangular y plana a partir de la cual se levantaba una pequeña máquina jorobada de donde salían papelitos. Laura —la chica del sombrero de copa— los tomaba, sacudía el aire con ellos y entonces el llano se le iba quedando en la mano.

La joven había venido con dos muchachos melenudos más o menos de su edad que se ocupaban de revisar la mecánica del Jeep y del remolque lleno de bidones de combustible, para después sentarse a tocar guitarra a la sombra de la carpa que armaron. Laura, en cambio, se iba a tratar de conversar con la gente del pueblo.

La primera persona con la que habló fue el loco Castillo que estaba restregando mierda de cerdo en un saco vacío y dibujando formas con el dedo. “¿Te puedo tomar una foto?”. El loco sonrió, como si supiera lo que era una fotografía y el protocolo que involucraba, y dejo ver sus dos dientes anchísimos, gruesos y redondeados que se abrían paso en una trama de arrugas. Laura agitó la foto en el aire atrayendo la atención de los muchachos que jugueteaban alrededor. Cuando la imagen se reveló se la enseño, y él la escrutó con calma y sin mayor curiosidad. Los muchachos llegaron a ver lo que había en el papel, permanecieron en silencio varios segundos, hasta que uno de ellos, un niñito desnudo como de siete años de edad señaló al loco con el dedo índice y gritó horrorizado, todos los demás corrieron gritando y luego regresaron a cierta distancia,desde donde comenzaron a apedrear a Castillo. Un jovencito un poco mayor, con una bola de carne donde debía estar el ombligo y un mentón que se alargaba hasta la mitad del cuello, tomó una piedra enorme y tomó impulso para arrojarla, pero Laura lo contuvo posando sus manos en los brazos levantados del chico mientras sonreía. El joven quedó extático con el contacto, con la delicadeza del movimiento y con aquella textura que sentía por primera vez en su vida y que le hizo pensar en nubes blancas. “Es una fotografía, no hace daño alguno. ¿Quieren ver cómo funciona?”, le dijo con la cadencia musical de su voz.

Poco a poco los muchachos rodearon a Laura, quien apuntó su cámara a un perro huesudo que bebía agua de un charco. El sonido del motor de la SX 70 causó murmullos y risitas nerviosas en los muchachos, y luego expresiones de asombro cuando el perro fue configurándose frente a sus ojos. Laura les propuso tomar una foto grupal, y seformaron en una fila temblorosa frente a ella. La visión de la foto está vez causó algarabía en el grupo en la medida en que se iban descubriendo en la imagen, el muchacho que iba a lanzar la piedra grande fue el único que permaneció en silencio y con una expresión severa.

—Es como el espejo de las Belisario, pero más clarito —dijo uno de los niños

—¿Cuál espejo? —preguntó Laura.

—El de las Belisario, pues —contestó un hombre que se había acercado a ellos.

Un par de alpargatas erizadas de protuberancias a punto de reventarlas apareció en el campo visual de Laura, que ajustaba la cámara sostenida a la altura de su pecho. Subió la mirada a lo largo de dos canillas cubiertas por cordilleras de venas sobresalientes que bordeaban archipiélagos de costras para adentrarse en un pantalón caqui cortado a la altura de la rodilla hasta sujetarse a la cintura con una cuerda. Una camisa desvencijada pero limpísima y un sombrero de cogollo de palma remataban el atavío del viejo que tenía frente a ella. Dijo llamarse Romualdo y continuó conversando como si Laura lo estuviese entrevistando para averiguar la historia de San Pompilio de Cabrutica,abundando en los detalles de su irrelevancia. Todos los caminos de su relato incontenible iban a dar a las Belisario, la nobleza de San Pompilio y las poseedoras del único espejo grande del pueblo. “Venga, venga a verlo, ellas son muy amables”. Los muchachos comenzaron un rumor entusiasmado ante la posibilidad de una nueva visita a la casa de las señoras, y así como había sido arrastrada por aquel soliloquio que lo inundaba todo, Laura se dejó llevar por los pasos de Romualdo.

Caminaron algo más de dos cuadras entre casitas huesudas, hasta llegar a una que contrastaba con el resto por su tamaño, pero que como todas las demás, daba la sensación de animal cansado echado al sol. El caserón era el único blanco en medio de las paredes marrones y ocres del pueblo, y también el único cuya construcción lucía como el producto de una acción bien premeditada. Dos puertas verdes semidesprendidas de la pared cerraban el zaguán apoyándose entre ellas con resignación. Romualdo se quitó el sombrero, lo sostuvo a la altura del pecho, se irguió y dio un golpe leve y seco con la aldaba que aún se sostenía en una de las puertas. Los muchachos, que los habían seguido hasta permanecieron callados.

Una de las puertas se abrió y la luz del sol caló en las facciones filosas de una anciana, ensombreciendo las depresiones de la cara y dibujando unos ojos pequeños y azules en los vórtices de los dos remolinos sombríos de sus órbitas.

—Doña, Lola, buenos días. La señorita nos visita desde Caracas. Bueno, no le he preguntado, pero seguro viene de la ciudad y está muy interesada en conocer San Popilio. Yo le dije que entonces no podía irse sin conocer su casa.

La anciana avivó el silencio que hasta hacia poco se había echado sobre todos, y transcurridos unos segundos dijo: “Pasen”, con un susurro ronco y parco. El grupo atravesó el zaguán con una solemnidad que contagió a Laura. La casa tenía un patio central en el que dos ancianas más podaban petunias rosadas.

—Doña Totota, Doña Chichita, mis respetos —saludó Romualdo con la mirada baja.

—Trajiste muchachos, Lola —dijo Totota, la más alta y robusta de las tres ancianas. Su tono era tan plano que hacía indescifrable la intención del comentario. Era como si simplemente describiera un hecho: Lola había traído muchachos.

—Tienen tiempo sin venir —contestó Lola, también hierática.

Entonces, Chichita, la más menuda, se dirigió al grupo de muchachos y con tono suave, pero muy firme, les dijo: “Ya saben, ven el espejo, pero sin carreras, ni juegos, ni bulla”.

Laura volteó a su derecha y vio un mueble colosal dominado el espacio como si fuese un trono: una consola estilo Luis XV con un espejo de un poco más de dos metros de altura con un marco ricamente tallado y trabajado al pan de oro. El azogue se había desgatado casi totalmente y, en lugar de causar el reflejo, respondía con sombras móviles a los muchachos que posaban frente a él. Ateniéndose a las firmes indicaciones de Doña Chichita, los jóvenes eran muy cautos y ceremoniosos al gesticular y cambiar de posiciones frente al espejo. Hacían esfuerzo por contener las risas cuando sus siluetas en movimiento se fusionaban en creando nuevas tinieblas que brotaban por entre varios espacios completamente velados.

—¿Viene usted de Caracas? —interrogó Totota, quien parecía representar la máxima jerarquía en aquellas tres mujeres blanquísimas y livianas, casi incorpóreas, queparecían flotar en los pasillos de la casa.

—En realidad de Nápoles. Yo nací en Caracas, pero mi papá es italiano, un ingeniero italiano. Aquí conoció a mamá y hace unos seis años fuimos a vivir a Italia. Estoy de vista con dos amigos italianos. Somos actores de teatro y quiero montar una obra que ocurra en Venezuela, así que vine a enseñarles y país y a llevar fotos de todos sus rincones a la compañía a la que pertenecemos.

—¿Dos hombres? —preguntó Lola, y Laura comprendió la inconveniencia que eso podría representar para la moralidad de estas señoras.

—Son grandes amigos de mi familia, somos casi familia. —En ese momento, los muchachos posaron frente al espejo ciego poniéndose muy juntos y estirando sus brazos en cualquier espacio libre que encontraran en la formación: arriba, abajo, a los lados. A Laura aquello le pareció una especie de alfiletero ruinoso, e instintivamente llevó sus maños a la cámara.

—¡Aquí no! —rugió Doña Totota y congeló el movimiento de Laura, quien sintió que Romualdo la tomaba del brazo rompiendo el instante hipnótico.

—Mil disculpas, Doña Totota, ya nos vamos —Romualdo se retiró poco a poco sin dar la espalda a Doña Totota, mientras llevaba a Laura del brazo. Hizo un gesto a los muchachos y lo siguieron en silencio.

—¿Por qué se molestaron? —preguntó Laura

—Esa es una gente muy de bien —respondió —déjeme acompañarla hasta su campamento y le voy contando cosas del pueblo.

Romualdo iba a continuar su crónica torrencial cuando lo distrajo el saludo un hombre sentado sobre una caja de madera frente a una casucha, cuya estructura de caña estaba expuesta casi por completo y solo retenía algunos terrones de bahareque. Unas cortinas trasparentadas por el sol apenas velaban la visión a la salita y a una silueta en una mecedora. Romualdo presentó a Laura con toda solemnidad y explicó lo que podía hacer el artefacto que portaba, invitándolo a posar para una fotografía. El hombre llamó a su familia y la silueta de la mecedora se incorporó, atravesó trabajosamente el pequeño espacio, y apoyó su mano en el dintel de la puerta para evitar poner peso sobre su pierna derecha: una especie de tronco de árbol derritiéndose sobre su pie. El hombre se paró al lado de ella y tres niños desnudos y panzones se unieron a la escena. Romualdo vio a Laura con una sonrisa, animándola a tomar la fotografía.

Laura sintió que debía obsequiarle la foto a la familia. El hombre la recibió, con una expresión que le recordó a Laura a la que vio en el niño deforme, y luego le gritó a su familia que entraran a la casucha.

Romualdo fue presentado a Laura casi en todas las casas y ella tomó fotografías a muchas familias. Aunque intentaba varios ángulos o jugar con la iluminación dentro de las limitaciones de la Polaroid, tuvo la sensación de que siempre lograba la misma fotografía: las mismas miradas, la misma atmósfera, la misma emoción

— ¿¡Qué tiene el los pies esa niña!? Preguntó Luigi, uno de los compañeros de Laura, mientras sostenía frente a la fogata del campamento la foto de una mujerque hurgaba con una aguja una trama de bultos negros en la planta de los pies de su hija.

—Niguas, me dijo Romualdo. No sé cómo se dice en italiano. De noche el pueblo se ve como si estuviera extinguiéndose. Las luces de las casitas parecieran el último respiro de algo —dijo Laura viendo al caserío desde la colina donde habían instalado el campamento.

—De día no se ve mucho mejor —contestó Luigi revisando todas las fotos que tenía en la mano —Va a ser difícil para la compañía armar algo frente a esta realidad

—He renunciado al proyecto Luigi, y quiero regalarle estas fotos a la gente. Busquemos algo más que ver; hay cosa que no pueden encarnarse.

—Esa es la negación del teatro, Laura —contestó Renato, el otro compañero, que también tenía la mirada fija en las lucecitas del pueblo.

—Pues negado está —Laura se puso de pie y se fue a su carpa.

A las nueve de la mañana del día siguiente, Laura había terminado de entregar las fotos, y a las doce el grupo había encerrado todo el campamento en el remolque del Jeep. Laura sacó del automóvil otra cámara que le permitiera tomar una foto del pueblo a la distancia, y vio el revuelo: Romualdo llevaba de la brida a una mula que tiraba de un carromato transportando, dignísimas, a las tres Belisario. Una fila con todos los habitantes seguía a la carreta mientras los muchachos se ocupaban de incendiar a todo San Pompilio de Cabrutica. Desde el fondo de la calle principal, el loco Castillo pintaba la escena con mierda de caballo en un retazo de tela de saco.

LG

Luis Garmendia

@luisgarmendia