Hola, soy Alberto. Alberto salió a las 4. Me disculpan la incongruencia. Soy precavido `por naturaleza y necesito confundir, incluso a mis lectores. Así que, Alberto salió a las 4, que es lo mismo que decir la Marquesa salió a las 5. Es lo mismo pero distinto. Ni yo mismo me entiendo. Tendrán que acostumbrarse. Es delicioso ser un mequetrefe impertinente. Entonces, Alberto salió a las 4. ¿Y para qué salió Alberto a las 4? Es difícil saberlo. A mí no me importa. Pero es un hecho: Alberto salió a las 4. ¿Alberto, niño mío, a dónde vas? Y yo qué sé. Dímelo tu. Al fin y al cabo, eres el escritor.
Permítaseme aquí un paréntesis. Pido perdón por anticipado. A mí tampoco me gustan las digresiones. Peo créanme que es necesario para el ulterior desarrollo de la trama. Si es que hubiese alguna trama que desarrollar. Alberto vivía en una calle silenciosa y bucólica que ceñía el espinazo de un cerro. Era una calle de casas que convivían en armonía apoyadas unas de otras. Era una calle de asfalto agrietado de donde brotaban hierbajos temblorosos. Su casa, o mejor decir la casa de sus padres, era de dos pisos y a mí la fachada me pareció siempre la gorra de una capitán, como la que tuve alguna vez. Una gorra blanca cuya copa imitaba levemente el casco de un barco y un ancla de plástico dorado pegado al frente, sobre la visera negra decorada con laureles bordados. Una calle en la que solía jugar en la canícula de las 3 de la tarde y en la que al anochecer las golondrinas ejecutaban su danza frenética frente a la ventana de mi cuarto.
Volviendo a nuestro asunto, que no es asunto y no es nada, entenderán su sorpresa cuando al salir de su casa (recuerden que Alberto salió a las 4) se tropezó con un paisaje desconocido. Pasmado, miró en todas direcciones. En frente una carretera con tráfico constante, naves industriales y edificios viejos y sin frisar, mostrando la piel rugosa de sus ladrillos rojos. Alberto se dio la vuelta y miró de donde había salido. Un edificio de seis plantas que ocupaba una manzana entera, cuya fachada de planchas de metal de un blanco sucio y cristales polarizados de color azul oscuro le daban un aire posmoderno que contrastaba con el ambiente de polígono de extra radio que lo rodeaba. Esta frase tan larga lo dejó sin aliento. Por consiguiente, aunado al pánico que le produjo el desconcierto geográfico, le dio un vahído y se desplomó sobre las extrañas cuadrículas de estas aceras desconocidas.
Escuchó murmullos que descendían con suavidad a la oscuridad en la que se encontraba. Entreabrió los ojos. Lo intentó. Los parpados le pesaban como cuando me despertaba un lunes en la mañana, azuzado por mamá, para ir al colegio. Vio un techo de caras sobre él, caras oscuras, toscas, como talladas a trancazos. Pero sonrientes y ansiosas por ayudar. Y habladoras. Hablaban entre ellas en un idioma que no entendía, pero que reconocía. Era el idioma en el que hablaba papá y que, cuando quiso traspasarlo a su hijo mayor como un tesoro que debe ser preservado de generación en generación, yo me negué a recibirlo y con la terquedad que solo un niño mimado sabe ejercer me cerré en banda y no lo aprendí nunca.
Ahora, Alberto lamentaba haber sido un niño malcriado. No entendía ni papa de lo que aquellas caras bienintencionadas decían; aunque cogía al vuelo algunas palabras que le permitían hilvanar un discurso, entender por dónde iban los tiros de las deliberaciones que se llevaban a cabo sobre él. Palabras como doctor, pobre, ambulancia, borracho, drogas, policía. Entonces se incorporó. Quería demostrar que no estaba del todo mal, aunque el mundo a su alrededor diera vueltas como un trompo. Este hecho indiscutible, que el mundo girara y girara sin parar, se lo atribuyó Alberto a otro hecho indiscutible: le habían cambiado su mundo por otro.
De pronto recordó que su hermano vivía en la capital de aquel lugar. Hacía más de 20 años que no sabía casi nada de él. Lo primero que le vino a la cabeza fue aquel tiempo remoto, el tiempo irreal de la niñez, en que el que, abducido por un sadismo extremo y protegido por mi superioridad física, me dedique a torturarlo de tantas formas como a mi mente, enfebrecida por la crueldad, se le ocurriera. No se alegraría mucho de verlo, desde luego. Pero era su tabla de salvación, un único punto de referencia al que aferrarse. Terminó de ponerse en pie de un salto y con mímicas y palabras sueltas preguntó dónde quedaba la ciudad. Todos los brazos que allí lo rodeaban se extendieron hacia el sur, señalando una montaña. Comprobó que no tenía las llaves de entrada al edificio, que tal vez nunca las había tenido o se habían quedado del otro lado, que de todos modos no recordaba el número del apartamento y solo entonces se puso en marcha.
Todo en aquel lugar le era extraño. Las calles con sus excesivas señalizaciones, letreros, símbolos, colores, rotondas, las aceras con sus mínimas cuadrículas, las fachadas de los edificios, extraña combinación de lo antiguo con lo moderno, los bajos con sus ventanas a la altura de la calle, las casas cuadradas y compactas, sin terreno, que parecían haber sido construidas hacia adentro como si guardasen un terrible secreto, un oscuro pecado. Todo le resultaba extraño y repulsivo. Y estaba perdido.
No le resultó sencillo acercarse a la montaña. Parecía que siempre escogía la calle equivocada, la calle que se perdía, que se retorcía, que cambiaba de dirección bruscamente y lo alejaba de su destino. Calles y más calles. Un embrollo de calles por las que deambulaba, confundido. Y siempre la montaña allí, al fondo. Aquella montaña que debía cruzar y que no se parecía en nada a la que había dejado atrás y que, sin embargo, se la recordaba tanto. Ay, Alberto, ¿la recuerdas? La montaña con sus torres eléctricas en la cima y en la ladera la casa de mis tíos. Una casa encantada y rodeada de abetos siniestros. Monte y culebras y los espíritus de los ancestros deambulando a sus anchas, gastando bromas pesadas, incordiando constantemente. Y aquella esplendida vista de la ciudad allá abajo, tras las torres eléctricas unidas por cables que no dejaban de zumbar nunca. Esos cables producían cierta vibración en mi cuerpo, una inquietud de cosa por venir. Sin embargo, no dejaba de asomarme a la vista de la ciudad que también tenía su propia vibración, una vibración metálica y lejana. Aquella vista de la ciudad me fascinaba, sobre todo las noches de fin de año cuando los fuegos artificiales la cubrían con un manto de humo, colores chispeantes que se desvanecían pronto y daban paso a otros colores chispeantes y el olor a pólvora llegaba hasta nosotros y por alguna razón a los viejos fantasmas aquella explosión de colores y humo y el olor picante de la pólvora los encabritaba y corrían a esconderse debajo de la tierra.
En fin, Alberto, ya no hay más calles. Te has topado con una hilera de casas. Detrás de ellas la montaña te sonríe con sorna. Aquí la narración me parece, por puro instinto, necesita un giro inesperado, Alberto. Una aventura sorpresa, una dificultad extra. Por ejemplo, frente a la puerta de esa casa puede haber una fila de hombres taciturnos, desesperados, incluso deshilachados por los golpes de la vida, esperando para entrar. Uno de esos hombres desechos te dice, con voz apagada, que entrar en aquella casa es la única forma de pasar al otro lado. Y es por eso que te pones a la cola y esperas tu turno. Cuando llegas a la puerta te entregan un carnet con tu nombre impreso y una foto que no recuerdas haberte tomado. Luego entras en la casa con la sospecha que has sido atrapado en una red de la que te va a resultar extremadamente difícil escapar.
La casa por dentro era un enorme almacén de paquetería. Sus altos techos se elevaban más de 15 metros. A media altura un complicado entramado de cintas, sostenidas por estructuras metálicas y recorridas por un laberinto de pasillos y escaleras, transportaban los paquetes y las cajas de un lado a otro. Había cuatro baños distribuidos por la nave que casi nunca se podían usar porque siempre los estaban limpiando, surtidores de agua cada dos pasos, aire acondicionado en verano y calefacción en invierno. Allí nadie daba órdenes. Los jefes, encargados o supervisores, llamados mánager y leads debido a una propensión al inglés que a Albero le pareció patológica, se dirigían a ellos con extremada cortesía, pedían siempre por favor, con el tono de quien pide perdón por hacerles pasar un mal rato. Luego de la primera jornada de 12 horas de trabajo, esa cortesía le pareció una filial del sadismo.
Alberto se sintió perdido de inmediato en ese armatoste tecnológico que regurgitaba constantemente bajo los efectos de una indigestión intestinal. No sabía qué hacer. Tampoco hacía falta saberlo. Se lo explicaron todo con lujo de detalles. Primero le pidieron que cogiera las cajas que caían de las alturas, deslizándose por unas rampas de metal plateado, sucio y cubierto de pegatinas, y las metiera en grandes contenedores de cartón hasta llenarlos. Luego le pidieron que llevara esos contenedores y los metiera en camiones. También le pidieron que subiera unas escaleras y tirara paquetes sobre una cinta transportadora. Le pidieron rapidez. Debía procesar dos mil paquetes `por hora. No menos. Los paquetes se deslizaban por otra rampa de metal plateado, sucio y cubierto de pegatinas, con la lentitud y la perseverancia del magma de una erupción. Los paquetes no dejaban de caer. Alberto se esmeró. Convirtió en un punto de honor dejar limpia la rampa. ¿Por qué hizo tal cosa? No lo sabía. No le debía nada a esa gente extraña. No le insertaban. Su único deseo era llegar a la montaña y ese trabajo no era más que una herramienta para conseguirlo. Pero por aquella rampa, como ya dijimos, no dejaban de caer paquetes y cada vez que creía que lo conseguiría, que limpiaría la rampa y ganaría un minuto o tan solo unos segundos de descanso, le daba igual, una nueva avalancha se precipitaba sobre él. Luego de más de dos horas repitiendo los mismos movimientos con los paquetes acumulándose, su mente empezó a divagar. El gesto repetitivo de coger un paquete de la rampa y dejarlo sobre la cinta lo sumió en la inconsciencia. Comenzó a hablar solo. Discutía consigo mismo. Insultaba a la rampa y a la montaña de paquetes que caían por ella. Sintió el impulso de golpear aquella masa informe de cartón y papel, como si golpease a un enemigo. Ya no prestaba atención a lo que hacía. Cometía errores, se hizo más lento. Sonaron las alarmas. Lo levantaron del suelo, lo acostaron en una camilla y lo llevaron a la enfermería.
El médico no se movía, no hacía ningún gesto. Lo miraba sin parpadear. Pero aun cuando los ojos se mantenían estáticos y gélidos, la mirada sí que se movía. Era como una flecha lanzada en su dirección, una daga afilada. También pude haber dicho que lo miraba con ojos escrutadores, pero eso está muy dicho y yo pretendo cierta originalidad, aunque fracase en el intento. El caso es que Alberto se retorcía incomodo bajo la punzante mirada del médico, quien le dijo: Usted tiene un aura extraña. Alberto no supo que responder a semejante declaración. Un doctor en medicina hablando de auras, habrase visto. Por favor, dígame su fecha, lugar y hora de nacimiento, dijo el médico enseguida. Y luego de pocos segundos: Déjelo. Mejor muéstreme las palmas de sus manos. Alberto se quedó allí sentado, sin moverse, pensando lo extraña que es la vida, lo extraño que es ver a un médico estudiando las palmas de sus manos como si allí estuvieran los datos de sus síntomas. ¿Y si fuera así? ¿Y si estuviese frente a un fanático de la quiromancia? Pero era algo más que eso. Alberto vio detrás del médico, colgado en la pared, un diploma enmarcado, el diploma de un doctorado en medicina astrológica. Entonces, Alberto pensó que tal vez lo que necesitaba era, precisamente, un astrólogo. Alguien que le explicara, usando métodos heterodoxos cómo demonios había aparecido en aquel lugar. Se dijo que quizás la única forma de explicar hechos inverosímiles era con herramientas inverosímiles. En ese momento se distendió sobre la silla y se permitió sonreír por primera vez. Solo tenía que esperar que aquel médico, astrólogo o lo que fuera, le explicara qué es lo que le pasaba, por qué estaba allí y cómo resolver el entuerto geográfico que se le había venido encima sorpresivamente. Estaba convencido de que el hombre que estaba frente a él, del que lo separaba el ancho de un escritorio blanco e impoluto, tenía la solución, fuera esta cual fuera. Y el médico le mostró su carta astral y habló, ya lo creo que habló. Y de inmediato a Alberto le llagaron recuerdos de noches oscuras frente a la pantalla de una computadora en un apartamento de un viejo edificio en Santa Eduvigis. Allí me recibían mis primas, Toñi y Carmencita, cuando llegaba roto por un amor perdido, abatido por el tedio de la vida, de mi vida en todo caso, vida de burgués sin problemas reales, buscando consuelo y serenidad en el refugio de aquellas brujas que me curaban siempre con sus artes esotéricas. Toñi con su astrología profunda y Carmencita con la ayuda del I Ching. Así que cuando el médico le dijo que sus problemas no eran físicos sino espirituales, Alberto se inclinó hacia adelante, dispuesto a escuchar. Y cuando el médico astrólogo le habló de la ira solapada, encerrada en su alma, encapsulada allí como el magma de un volcán que pudiera hacer erupción en cualquier momento, como me lo dijo Toñi hace más de cuarenta años, añadiendo que la escritura no era una válvula de escape suficientemente poderosa para aliviar la presión de esa rabia contenida, Alberto entendió que estaba frente a la persona indicada. ¿Indicada para qué? No sabría decirlo. En todo caso intuía que aquel hombre podía serle de utilidad para lo que fuere que lo necesitara. Ahora lo observaba con mayor atención, incluso con interés. El médico era regordete, ligeramente amanerado en sus ademanes y, sin embargo, de expresión seria en el rostro. Hablaba despacio, dejando largos espacios entre oraciones, silencios retrospectivos que a Alberto le resultaban tediosos y le producían ansiedad.
Por fin, el médico concluyó: El tipo de ira soterrada que usted padece y su intensidad no se resuelven ni con la escritura ni con prácticas de boxeo. El drenaje necesario para disminuir la presión en su alma y evitar que se autodestruya es la violencia. Pero no cualquier violencia ni contra cualquier cosa. Me refiero a violencia física ejercida contra un semejante. Violencia primitiva, sin límites. Debe dejar de lado, si es que las tiene, consideraciones morales. Usted debe dejar de ser humano. En resumen, debe usted matar y matar con brutalidad. Debe usted comportarse como una bestia salvaje que sacia su sed, un animal que sobrevive.
Era, según este doctor al que no conocía de nada, un asesino en potencia. Alberto le buscó acomodo en su mente a esa idea. No podía decir que le desagradara. Tampoco estaba convencido. Le pareció curioso que tuviese que alejarse miles de kilómetros de su hogar para que alguien le dijera barrabasada de tal calibre, pero al mismo tiempo comprendió la ventaja de que, si llegaba a ser cierto que anidaba en su interior un criminal sanguinario, así ocurriera. Aquí nadie lo conocía lo que le permitiría actuar con mayor libertad. Allí estaba el quid del asunto. ¿Actuaría? Porque, ¿cómo saber si era un asesino sin poner en práctica un asesinato? ¿Y si cometía un asesinato y descubría que no era un asesino? Entonces qué, como cargar con el fardo moral de un crimen así. Hizo un rápido escaneo de su alma y no descubrió cambio alguno en ella. Sin embargo, una información de tal calibre debería haberlo cambiado de forma radical, haberlo convertido en otro. Al menos haberle desajustado la psiquis. Pero no era el caso. Entonces, volvía al quid de todo: si era necesario una autoafirmación contundente para sacar alguna conclusión, ¿qué es lo que le faltaba, entonces? Matar, ¿no? Decidió hacer una prueba. Se paró y rodeó el escritorio. El doctor, que lo miraba, imperturbable, lo supo de inmediato. No gritó, no se movió, no se defendió. Fue muy rápido y, a pesar del lápiz hundido y removiéndose en la yugular, a pesar de la sangre, muy limpio. Alberto volvió a salir del consultorio. Nada. Ningún cambio. Seguía siendo el mismo de siempre. Por lo menos ahora sabía que no era un asesino. Pero tampoco había arrepentimiento. Ningún sentimiento de rechazo al acto que acababa de realizar. Miedo a ser descubierto sí. Vergüenza de ser expuesto. No más. Recordó a su padre. Siempre pensé que detrás de ese rostro imperturbable, ausente, papá escondía a un temible asesino que salía en las noches a buscar a sus víctimas. Pero papá no salía nunca de noche, salvo con mamá cuando iban a alguna de las numerosas fiestas que hacían sus amigos. Tal vez papá fue un asesino solo en sueños, mantuvo esa inclinación en el terreno de la imaginación. Y lo mismo parecía sucederle a Alberto, asesino, sí, pero como fantasía encerrada entre las cuatro paredes de su insondable, oscura, cabeza.
Alberto regresó al trabajo, a la rutina. Siguió transportando pesados contenedores de un lado a otro. Siguió cargando cajas y alimentando las cintas con sobres. Siguió cargando camiones. Junto a él ciento de trabajadores hacían lo mismo. Ninguno le hablaba. Allí nadie hablaba. Eran como zombis o robots que solo hacían su trabajo sin ninguna emoción. Alberto no conocía a nadie y nadie lo conocía a él.
No supo más del médico. No se habló de crimen. No lo buscaron, nunca vio a la policía husmeando por el almacén. Pasó el tiempo. Lo olvidó todo. Trabajó y trabajó. Se convirtió en un empleado modelo, el muy tonto. Incluso olvidó sus planes de fuga. Pero llegó un momento en que se familiarizó tanto con lo que hacía que su mente se desconectó parcialmente del trabajo y comenzó a jalar de los intangibles hilos de la memoria. Pasar tanto tiempo rodeado de cartón y de mercancías en las que no eran menos los libros, le trajo a la memoria la librería de papá en la que pasé buena parte de mi infancia, correteando sus pasillos, subiendo y bajando las estrechas escaleras que conducían al almacén en el que solía pasar horas, escondido entre cajas de libros, sentado sobre los tablones de madera del piso, leyendo o pasando mis manos por las portadas que me fascinaban, viendo hechizado el haz de polvo dorado que algunas tardes atravesaba el enorme ventanal que cubría la pared que daba la calle y cuyos cristales amontonaban años de polvo.
Y así fue como Alberto, recordando los años dichosos de la infancia, se liberó de la hipnótica rutina laboral que lo había convertido en una herramienta de producir inconsciente de sí misma y retomó sus planes de fuga. Un día cualquiera agarró una transpaleta cualquiera, ensartó un contenedor cualquiera, eligió un remolque cualquiera y se metió en él. En lugar de girar en redondo la transpaleta mecánica, como usualmente se hacía, para acomodar la carga en el espacio entre la pared del camión y el otro contenedor, Alberto enfiló derecho y se metió en el espacio vacío. Usó su propio contenedor para bloquear la salida y esperó en su pequeño escondrijo hasta que el camión se cargara, se cerrara y saliera.
Cosas de la vida, Alberto escapó de las siniestras redes del trabajo no cualificado en el interior de un camión de carga que se dirigía a quién sabe dónde. Le gustaba ese nombre para un lugar al cual escapar: Quién sabe dónde. A pesar de las dudas que plantea la frase, Alberto lo imaginaba como el lugar definitivo, el lugar en el que acababan todas las búsquedas y ya no quedaban preguntas por hacer y en el que se podía respirar una dulce nostalgia. Ese lugar podría ser fácilmente la infancia revisitada en la que Manuel y yo, por ejemplo, enterramos en el jardín trasero de su casa una caja de galletas llena con pequeños objetos que tenían para nosotros, niños de ocho años, el peso de lo fabuloso pero que no eran más que baratijas que pretendíamos desenterrar treinta años más tarde, en otra vida, en otro universo con la idea, tal vez, de recordar quiénes habíamos sido.
Pero Alberto, ahora, empezaba a sentir hambre y sed. El atontado no había tenido la previsión de llevar consigo alguna provisión que muy fácilmente habría podido comprar en la cafetería antes de la huida. Sin embargo, estaba en el interior de un remolque cargado de mercancía. Algo habrá de comer, se dijo. Por suerte (¿o lo había previsto así?) el remolque tenía un techo de fibra de vidrio traslúcido por el que se filtraba la luz del exterior. Sacó su cúter del bolsillo del chaleco y cortó el contenedor que tenía a su lado. Un chorro de paquetes se desparramó sobre su pequeño refugio. Cogió uno de los paquetes y lo abrió. Se trataba de un libro titulado “Un monstruo en casa y otros desastres cotidianos” firmado por Quim Ramós. Le gustó el título así que lo puso a un lado para leerlo más tarde. Pero de comida y bebida nada. Hurgó en los cientos de paquetes que aún quedaban en el interior, pero no consiguió nada comestible. Con el contenedor que tenía a su espalda tuvo más suerte. Consiguió una caja de cervezas Mahou verdes, una docena de latas de 400 gramos de comida para gatos Catessy y una caja de galletas para perros Biski Nuggets.
Con la panza llena, el corazón contento, la cabeza dando vueltas y el arrullo metálico del camión en movimiento por quién sabía qué calles y qué autopistas, se quedó dormido. Alberto no soñó. Podría haber soñado, pero no lo hizo. Fue una breve estadía en la nada de la muerte a la que ni yo mismo pude acceder, Desapareció del relato. Durante ocho horas no supimos nada de él ni del camión. Cuando al fin despertó era de día y el camión estaba detenido tal vez en un parquin o a la vera de una carretera secundaria. Una luz dura, apenas tamizada por el techo transparente, entraba a fuego en el interior del camión. Hacía un calor espantoso. Alberto tenía la lengua pegada al paladar y una sed espantosa. Su cabeza no estaba mejor. Un destornillador se hundía en la cuenca del ojo izquierdo y se internaba en el lóbulo frontal. Las cervezas estaban hirviendo y de solo verlas se le revolvió el estómago. Necesitaba agua. Pobre diablo. Daba un poco de pena ver su desesperación cuando se subió a los contenedores y se arrastró sobre ellos, olfateando como un perro sediento con la baba espesa acumulándose alrededor de la boca, abriendo sobres y rompiendo cajas mientras gritaba: ¡Es de vida o muerte! Lo repetía una y otra vez como si fuera cierto. Y tal vez lo fuera, pero hay que apuntar que Alberto tendía a la histeria en cuanto se encontraba en situaciones que escapaban a su control. Sin embargo, la sed era cosas seria y comprensible, entonces, su preocupación ante la falta de agua. Y es por eso que recorría el camión de punta a punta, reptando sobre los contenedores, sobre cajas, paquetes y sobres que iba apartando con las manos, rasgando el cartón y escudriñando sus interiores en busca del agua milagrosa que, creía él, le salvaría la vida. Lo cierto es que su vida estaba lejos de peligrar... aún. Pero quién se lo decía si estaba más solo que el uno. No iba a ser yo, desde luego, quien le informara de que su vida no corría peligro. Primero porque no era algo que me concerniera y segundo porque me convenía su desesperación, al relato le venía como anillo al dedo sus dificultades, su angustia, su miedo. Me lo dijo Vonnegut una noche de borrachera antológica: Tienes que ser un sádico. Hazles cosas horribles a tus personajes. Y es lo que hacía, como lo hicimos Manuel y yo con la hija de la mujer de la limpieza de su casa que era dos o tres años menor que nosotros por lo que debía tener unos ocho y a la que sometimos a toda clase de torturas psicológica y físicas tan crueles como pueden ser crueles dos criaturas de diez años, pero al mismo tiempo lo suficientemente astutas y cobardes como para no exceder los simples pellizcos, las cachetadas leves y los encierros más o menos prolongados en cuartuchos oscuros y sucios. Siempre he fantaseado con que esa niña, ya adulta, me encontraba y se vengaba.
En esas estábamos cuando el camión se puso en marcha y giró bruscamente a la izquierda. La inercia hizo que Alberto rodara hacia atrás y luego hacia la derecha, golpeando la pared del camión y luego cayendo en un contenedor casi vacío. En el fondo de ese contenedor incrustadas entre dos cajas, por puro milagro literario, encontró dos garrafas de agua de 3 litros cada una. Como una hiena desgarró el envoltorio plástico que las sujetaba, abrió la tapa de una de las garrafas, la elevó sobre su cabeza, abrió la boca y dejó que el agua cayera sobre su cara. Bebió hasta que sintió retortijones en la barriga y los primeros estertores de la náusea.
Salvado el escollo de la sed, llegó el alivio y la tranquilidad, el tiempo se ralentizó y el viaje pareció alargarse más allá de lo habitual. Esto permitió a Alberto adaptarse a su nuevo entorno y dedicarse a mejorar el cuchitril que le servía de dormitorio. Para ello vació los contenedores que lo rodeaban, quedándose con los productos que podían servirle para hacer más llevadera su estancia allí y lanzando el resto sobre los contenedores más lejanos. Se hizo así con una almohada, sábanas, un pequeño colchón inflable, pilas, una linterna para espeleología, una docena de latas de atún, otra docena de latas de paté de hígado, galletas saladas, pan cuadrado, pasta de dientes, un cepillo, cuatro garrafas de agua de 3 litros que sumadas a las otras dos hacían cinco, un ventilador portátil que funcionaba con pilas AA, una silla de oficina que armó sin prisas y que puso pegada contra la pared del camión y en la que se sentaba a leer, unas cholas y unos zapatos de correr Adidas que le permitieron deshacerse de los incómodos zapatos de seguridad, bolsas de basura y papel higiénico, incluso, y esto lo consideró un verdadero golpe de suerte, una caja con cincuenta patos para orinar de los que se usan en los hospitales. Pertrechado, se dedicó a esperar a que las entrañas del camión se abrieran y lo dejaran salir.
El exterior se manifestaba constantemente en forma de sonidos. Motores, bocinazos, gritos, la goma de los cauchos deslizándose sobre el asfalto, a veces conversaciones íntimas, la más de las veces acaloradas, el motor de otros vehículos acercándose o alejándose, el ruido de la lluvia golpeando el techo acrílico del camión, frenazos inesperados y alguna vez, incluso, el ruido de metal retorciéndose y de vidrios estallando. Muy pocas veces, las pocas veces en que el camión se detenía, y según dónde se detuviera, lograba escuchar el canto del algún pájaro. Pero el sonido que más disfrutaba, de lejos, era el repiqueteo de la lluvia sobre el techo del camión y el de las ruedas rasgando el agua sobre el asfalto. Los días de lluvia los pasaba leyendo y dormitando. El libro de Quim Ramós le pareció un disparate. Como los disparates que escribí yo cuando tenía doce años junto a Manuel Ruiz, inspirados por la lectura de “Los tres investigadores”, la colección de novelas editadas por Alfred Hitchcock y que también estimularon mi vena detectivesca y hasta un crimen estuve por resolver junto a mi primo Eduardo. En cuanto a los disparates literarios, basta el botón de un relato policial que empezaba así. “Había dos cadáveres. Uno estaba muerto y el otro a punto de morir”. Manuel se meaba de la risa cuando lo leyó y se encargó, luego, de dar a conocer entre los vecinos de la calle mi humillante debut literario, dando fin, con este gesto poco amistoso, a mi carrera como escritor.
Por fin se detuvieron más tiempo de lo habitual. Llegó la noche y volvió a amanecer sin que se movieran. Luego comenzaron a avanzar pequeños tramos como si no se decidieran a arrancar, como si algo se los impidiera. De afuera le llegaban retazos de conversaciones, el sonido de una sirena. Pensó que tal vez el camión abordaba un barco, posiblemente un ferry.
Hagamos un inciso aquí y cambiemos de punto de vista. Debo confesar que se me ha hecho muy difícil narrar desde el interior del camión. Las herramientas con las que cuento allí adentro son muy limitadas, se reducen casi exclusivamente al sentido del oído. Por supuesto que es un reto narrar con limitaciones, pero creo que ya han quedado claras mis deficientes dotes narrativas y no se trata de seguir flagelándome con mi impericia. Además, como en este relato yo soy dios, así, en minúscula, un dios pequeñito, pero dios, al fin y al cabo, puedo hacer lo que se me pegue la regalada gana. Así que relajémonos un poco y salgamos al exterior.
Efectivamente, se encontraban en una amplia explanada portuaria, esperando junto a otros muchos camiones para abordar un ferry con destino a Irlanda, previo paso por el Reino Unido. Los constantes avances y paradas se debían a que se encontraban en una larga fila que se movía con rítmicas palpitaciones hacia la aduana. Allí una serie de agentes uniformados revisaban la documentación que les facilitaban los conductores y escudriñaban los bajos del remolque y de la tractora. De todo esto Alberto no se enteraba. Alberto dormitaba o leía o tal vez comía, incluso era muy posible que se perdiera en ensoñaciones en el interior del remolque.
Nuestro conductor era un rumano rechoncho y desaliñado que no hablaba ni pizca de español y mucho menos inglés. Se comunicaba por señas y usando el traductor del móvil. No parecía tampoco demasiado listo y retrasaba el procedimiento de la aduana con sus constantes e incomprensibles preguntas y demandas. Por esta razón los funcionarios le sellaron y entregaron sus papeles y le pidieron que por el amor de Dios abordara de una vez el ferry.
Es así que sin más dilación nos encontramos en el interior del ferry. Olvidémonos también del zarpado y adelantemos el relato hasta plena navegación en la mitad misma del Canal de la Mancha en donde una terrible tormenta se echa sobre nuestro ferry y nuestro querido e ingenuo Alberto. Una tormenta que me recuerda aquel sinuoso y empecinado huracán que siguió el crucero en el que viajaba por el Mar Caribe en dirección a la ciudad de Miami, parando en variadas y paradisíacas islas caribeñas y cruzando el temible Triángulo de las Bermudas. Yo era un niño de 10 años tímido y solitario que se pasaba las tardes en cubierta, debajo del puesto de mando, luchando contra los vientos huracanados, enfundado en un plumón azul eléctrico que no me quitaba ni para dormir, feliz y alucinado. o metiéndome junto a mi hermana en la clausurada piscina del barco, convertida en una versión en miniatura del embravecido mar que nos rodeaba, vapuleados de un lado a otro, ascendidos y descendidos en vertiginosos vaivenes, reíamos como locos hasta que nos sacaban a rastras de la piscina.
En fin, vientos de 120 kilómetros por hora golpeaban el pesado ferry, olas de 10 metros abrían sus fauces y caían sobre él, lo engullían con ferocidad salina… y en un periquete todo había acabado. Así de rápido, sin demasiadas descripciones, sin los manoseados detalles que todo lo detienen. En la encrespada superficie solo quedaron las furiosas y satisfechas olas y el ulular fantasmal del viento. Pero por obra y gracia de las libertades narrativas, nosotros podemos seguir contando, podemos sumergirnos, por ejemplo, y ver lo que ocurría bajo las aguas. Y lo que ocurría bajos las aguas es que el ferry se hundía, claro. Partido en dos, de su vientre brotaban los camiones como los gusanos de un animal muerto También el tráiler del rumano rechoncho con Alberto en su interior se hundía, mecido suavemente por las olas de la superficie como acunado por una nana amorosa que durmiese a un niño recién nacido.
Vi al tráiler desaparecer en la oscuridad.
A partir de aquí solo puedo contar de oídas, contar lo que me han dicho, lo que he escuchado. Imposible seguir a Alberto en su descenso a las profundidades del Canal de la Mancha, imposible apegarme a los hechos de aquí en adelante. Habrá que confiar.
Me dicen, he escuchado, que Alberto está bien, que ha encontrado un nuevo hogar, digamos un sitio donde vivir, en lo más profundo de la fosa de Hurd, en los restos del acorazado SMS Baden, hundido en 1921. Lleva una vida apacible y solitaria. Según me dicen, es feliz, aunque recalcan: no ha dejado (no hemos dejado) de extrañar.