Hay una errata en el clóset. La puedo escuchar en las noches tumbando los frasquitos de lociones que guardo en el primer estante. Debe ser una errata grande porque la otra vez rompió mi Paloma Herrera, que siempre usaba para ocasiones especiales. Eso es lo que más me ha molestado y fue por ello que decidí exterminarla.
Hay a quien las erratas no le importan demasiado; por ejemplo, a mi amigo Javier, quizá porque era corrector de estilo. Los correctores de estilo tratan a las erratas con la misma falta de prurito que los bioanalistas a la mierda; no se asquean ni arrugan el entrecejo cuando se topan con ellas. Funcionan como sicarios en potencia que solo activan su eficacia exterminadora cuando es desencadenada por un honorario. De resto, permanecen como cocodrilos soñolientos con la boca abierta: la errata puede posarse en su lengua si quiere; él no se incomodará ni la perturbará; seguirá pensando en sus asuntos. Cuando hablaba con Javier y aparecía una errata entre los dos e insistía en revolotearnos, él hacía un suave movimiento con la mano, la espantaba sin prestarle ninguna atención y continuaba la conversación. Era como si la errata jamás hubiese estado ahí.
La errata en el clóset es, sin embargo, todo un problema para mí. No solo por los destrozos de mis frasquitos de vanidad, sino porque a veces hace nidos en la ropa, capaces de pasar completamente inadvertidos ante mis ojos, como le ocurre a cualquiera que tenga erratas en el clóset. Y entonces uno sale a la calle así, con el olor de la errata encima, que siempre es tan hediondo para los demás. Pero nadie te dice que hueles a errata; ven hacia otra parte, evitan el tema. Los más aventurados hacen gestos fugaces, como pasarse rápidamente una falange del dedo por la nariz, causando reacciones en cadena de tocamientos muy discretos en las narices de los tertuliantes, porque todos temen tener una errata enorme atravesándoles el rostro. Se van del encuentro con la sensación de llevar una errata encima y esa duda los acompaña a lo largo del día con la vergüenza del caso.
Con las erratas pasa lo mismo que con los piojos: cuando alguien habla de ellos, comienzas a sentir que pululan por tu cabeza y tienes que rascarte. Tener una errata en el clóset llena la casa de erratas fantasmas. Me aterroriza pensar que las erratas hayan alcanzado mis recetas médicas y multiplicado la dosis de mi antihipertensivo a niveles mortales, o que se hayan colado hasta la placa con el número de la altura de mi casa y desvíen todos mis pedidos hacia la inescrupulosa de mi vecina.
Buscar la errata es un trabajo minucioso e inútil. Primero saco y reviso todos los frascos de mis artículos de tocador, no vaya a ser que se haya enquistado en el nombre de algún desodorante o un perfume. Luego verifico en la ropa interior, que es bastante más difícil, porque no suelo renovarla con frecuencia y debo hurgar en etiquetas prácticamente ilegibles. Veo mis blusas y me da mucho miedo pensar que se haya colado en alguna instrucción de lavado en inglés, donde me será mucho más difícil encontrarla. Además, la gente se escandaliza mucho con las erratas en inglés; sé que, si eso pasa, se daría una situación bastante desagradable.
Dejé el clóset vacío y clasifiqué la ropa y los accesorios en montoncitos en el piso sin dar con la errata. Ella sigue ahí, haciendo ruido por las noches, desvelándome. En esa duermevela angustiada, deliro con la idea de que alguna de las piezas del machihembrado del techo o un panel de yeso tenga el nombre del fabricante y esté lleno de huevecillos de erratas listos para eclosionar, y que sus larvas transparentes y diminutas comiencen a subirse por los textos o, peor aún, lleguen hasta el router y contaminen cada entrada en redes sociales o correspondencia. Solo el recuerdo de Javier me tranquiliza, su sosegada convicción con la que me decía:
—Texto sin erratas no es texto.