Aunque estoy por cumplir sesenta años, aún voy al cine solo y escondido porque lloro sin consideración por los otros asistentes. Mi llanto no se limita a un par de lágrimas que se refugian en mi papada flácida, sino a quejidosvergonzosos que no me dejan más remedio que luchar contra los mocos que persiguen la calidez de mi cuello. Mi llanto no ocurre solo en escenas de drama intenso, basta el primerísimoprimer plano de un cachorro para que se me cierre el pecho.
Todo comenzó un día que mis padres se fueron a la casa de playa y dejaronMarcelino, pan y vino en el canal del Estado. Al volver, me encontraron morado por el asma. Ese Jueves Santo dormí conectado a una bolsa de solución intravenosa y después de ser nebulizado varias veces.
Como si fuera un superpoder, puedo llorarcon solo recordar algunas escenas, por lo que heusado esta condición para provocar el llanto sime conviene: cuando la Roja me dijo que queríadejarme, recordé la escena de Los tracaleros en la que son acribillados; aquello la hizo reconsiderar, y esa misma tarde lo hicimos por primera vez, luego de yo haber intentado vencer su resistencia por varios meses. Mi madre estuvo muy satisfecha conmigo cuando vio cuánto lloré por mi abuelo. Aquel día, como suele suceder cuando quiero que el llanto contenga matices de ternura, las imágenes de Hari y de Babette fueron mis cómplices.
Como hoy puede ser la última vez que recurra a mi llanto, pensaré en el rostro insensible de Natalya Bondarchuk para contar a mi familia la gravedad del cáncer que tengo.