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Relato8 de noviembre de 2026· 5 min

Solidus

JP
Juan Rivas Pulido
@juanrivaspulido

LA CARRETERA que va desde El Crucero hasta Las Mercedes se distingue porque surca el único tramo que no es del todo plano sino conformado por ligeras hondonadas, lomas de apenas dos o tres metros que por momentos ocultan el horizonte. Tampoco su trayecto es tal lineal como el de las otras, pues fue diseñada utilitariamente para alcanzar los frentes de un buen número de fincas que se desarrollaron allí, más o menos con las mismas ambiciones. Era previsible que la abundancia de árboles de sombra, la facilidad para el arado y el rastreo, propiciaran el asentamiento de hatos ganaderos, aunque existiera entonces una gran limitación: el río más cercano está a ochenta kilómetros y el nivel freático se ubica entre setenta y noventa metros de profundidad, dificultando así el indispensable regadío. Después hubo alguien, no se sabe quién, tal vez por mucha observación o alguna sagacidad, que hizo un descubrimiento definitivo: en los lugares situados entre dos lomas, que eran muchos, el suelo arenoso se había modificado, asentando con los años una arcilla dura producto del deslave milenario, un material perfecto para fondo de embalse, de modo que ahora los fundadores apenas necesitarían el agua potable acarreada en camiones cisterna para el consumo humano, pues la construcción de lagunas artificiales, provistas de muelles y bombas de achique, cubrían con suficiencia el riego de la siembra y el bebedero de los animales. Por eso la carretera llevaba un curso que parecía caprichoso, serpenteando entre el paisaje de finca en hato, de pastizal a embarcadero, y tenía dos únicas estaciones: Algarrobos y El Encanto. La primera era un clásico abasto de carretera, una casa con un gran corredor frontal, espacio para estacionar, en medio de un bosquecillo de algarrobos, donde los viajeros y los lugareños se detenían, en general, para aprovisionarse de alimentos, repuestos domésticos, enseres y combustible engarrafado. También era un hato ganadero. Los propietarios, la familia Ytanare, tenían una infrecuente fama de pulperos honestos, de generosa justicia con los precios, pero inconmovibles con el fiado. En el otro posible paradero estaba el negocio que le daba nombre al lugar. El Encanto era un local externo de la finca de los Francisco, una familia que tenía como primera singularidad eso de llevar un nombre por apellido, y gerenciaban un comercio donde el ambiente era contemplativo de día y joropero de noche; la música se escuchaba desde lejos, vendían cerveza, tenían dos mesas de billar, un pequeño ruedo para tantear gallos, un establo de ocho puestos para ofrecer a los visitantes paseos a caballo por los terrenos de la finca, y también, muy del gusto de los contertulios, la abundosa conversación de los tíos y los sobrinos. No calificaban como ganaderos, pues en sus terrenos apenas pastaban unas veinte reses, pero sí como criadores de caballos. Era una familia antigua y conocedora de aquellos parajes, de su historia real y su especiosa fantasía. Se consideraban más españoles que criollos, y aunque el último navegado de ellos llegó a El Encanto en 1878, los mayores utilizaban términos y profesaban creencias medievales características de la colonia. Los tíos eran cuatro, dos hombres y dos mujeres, y contra lo establecido, eran aquéllos quienes mayormente llevaban la charla, César, y en especial, Víctor. Como familia presentaban una asombrosa simetría. Los hombres tenían cada uno dos hijos varones; las mujeres, cada una dos hijas hembras. Uno de los hombres, César, era divorciado. Una de las mujeres, Mirtha, era viuda, Víctor vivía con Raquela, y Celia estaba casada con Régulo; todos vivían en la finca, pero eran salidores, y tanto los padres como los hijos iban con frecuencia y apuro a Las Mercedes por compras, trabajo, estudios, encomienda, o una excusa cualquiera. Los abuelos ya habían muerto.

Resaltaba una distinción evidente en Algarrobos, donde la gran figura era la madrina, que detentaba una vocería imponente, sin mover las manos ni subir el tono, mientras que el patrón era un personaje desvaído, dedicado por entero a los animales y al negocio.

En El Encanto, en cambio, era protagonista, el incontestable hermano mayor.

—Esto no se llama El Encanto de gratis ni por capricho. Mi bisabuelo fundó este hato con el nombre de La Providencia, pero después lo cambiaría porque descubrió que, en esta región, o mejor, en estos treinta y siete kilómetros, hay más encantados que en todo el país, y según él, que en todo el mundo: uno y medio por familia. ¿Ustedes saben lo que es un encantado?

Los Ytanare eran menos numerosos, apenas los dos mayores, Gilberto y Lavinia, que nunca tuvieron hijos ni dijeron el motivo o la razón, la limitación o el resquemor, pero en cambio, en sus largas vidas acogieron a un buen número de añadidos, bien tratados, siempre vestidos de limpio, con rigurosos delantales mientras empaquetaban mercancía, y calzándose las cristinas blancas cuando debían picar el queso, rebanar el jamón o embolsar los pollos beneficiados. Sin embargo, algunos naturales, probablemente incordiados por negación de crédito, decían que los Ytanare criaban ahijados de todos los colores porque en su ignorancia estimaban que la gente es como el ganado, que se debe experimentar cuál raza se da mejor en cada finca. Los padrinos eran viejos, él más que ella; ya no hablaban kariña, pero asistían en cada noviembre al Akaatompo, su fiesta anual en honor a los difuntos, y habían dispuesto que a su muerte, fueran inhumados en el cementerio sabanero de su atribuida etnia, aunque tuvieran que hacer viajar al cortejo por unos doscientos kilómetros. Después, como veremos, la madrina cambió de propósito, al menos en cuanto a ella misma, disponiendo que la sepultaran en su propia tierra. Hacían queso con suero natural, y guardaban en tapara y en camasa. Se creían indígenas, aunque sus rasgos estaban ya muy desvirtuados por el mestizaje; pensaban también que todas las tierras de la región, las suyas y las ajenas, les pertenecían por derechos ancestrales, porque nosotros hemos estado aquí desde el principio de los tiempos —decían. Era inevitable que ambas familias coincidieran en el trato y cordializaran durante los muy eventuales días libres, ya que los fines de semana atendían, unos, a los finqueros que aprovechaban el asueto para hacer las compras, y otros, recibían a los viajeros más festivos, a veces hasta bien entrada la noche. Después, cuando los muchachos debieron ir a la escuela y al liceo, se compusieron para pagar un solo transporte, y haciendo valer lo atractivo de su amistad, la conveniencia de una buena relación con los abastados estancieros de la carretera, también lograron que coincidieran los horarios del grupo.

—Necesitamos, profesor, que nos los pongan en la misma sección, usted sabe. Y por cierto, Marcialito me dijo que la niña suya anda con problemas de garganta y ronquera; el lunes le mando una botella de miel de aricas y una bolsa de limón bravo, es lo mejor, un manazo—. Las dos familias, siendo también criadores, evitaban mientras fuera posible ausentarse de sus terrenos por mucho rato, delegando encomiendas, estableciendo rotaciones para que siempre permaneciera alguien en las casas. La relación entre ellos también tuvo un momento trágico, que en principio los unió en la consternación y el dolor, después se convirtió en un vínculo conmemorativo, y finalmente los enemistó para siempre, según ellos, y como no pudo comprobarse nunca. Sucedió que el hijo mayor de Víctor Francisco, de catorce años, nombrado Manuel Antonio, a quien siempre llamaron Manén, compartía su gran afición por las motocicletas con uno de los ahijados de los Ytanare, llamado José Vidal y conocido como Vito. Cada vez que algún motorizado se detenía en una de las dos casas, ellos pedían, rogaban, pagaban, para que les permitieran montarse en las máquinas, les enseñaran el funcionamiento, los adiestraran en la conducción. En eso estaban cuando un parroquiano habitual que tenía en Las Mercedes un taller de frenos, el señor Yanes, les comentó que un cliente suyo estaba vendiendo una moto.

—Está fuera de servicio, es vieja, pero con esas ganas de ustedes, pueden comprarla, buscar los repuestos, aprender a manejarla, y listo, en dos ruedas.

Así procedieron. Contra la opinión de las dos familias, pero sin grandes impedimentos, apelaron a sus ahorros y se hicieron traer la moto, una Gilera blanca, 250, tan desmantelada, que requirió de los entusiastas muchas privaciones y poco descanso. Montaron una lona extendida entre las ramas bajas de los algarrobos para trabajar con sol y lluvia, preguntaban a quien supiera, experimentaron durante no menos de dos meses, hasta poner la máquina casi a punto.

Templaron los cauchos, alinearon las ruedas, probaron el funcionamiento de cada pieza, y todo muy bien, menos el escape y el arranque. El motor no encendía, y entonces se les ocurrió la idea fatal: prenderla por gravedad. Salieron a la carretera con ilusionada impaciencia, empujando la motocicleta cuesta arriba durante no menos de trescientos metros. Sucedió un lunes, que siendo por definición el primer día de trabajo, era también el de menos tráfico en aquella ruta, tanto, que a veces transcurría un buen cuarto de hora sin que pasara frente a las casas ni un solo vehículo. Llegaron al punto más alto de la colina, discutieron brevemente quién de los dos intentaría la maniobra de encendido por tracción, y no pudiendo establecer un acuerdo, se montaron ambos, lanzados en bajada: abrir la gasolina, apretar el embrague, seleccionar la velocidad, y al soltarlo a pulso, el motor estalló en un ronquido glorioso, como en las carreras que veían por televisión, más alto, a todo escape. Pasaron como flechas disparadas frente a la casa de los Francisco, no entendieron los gestos de alarma que les hacían sus primos ni escucharon los gritos de advertencia, ensordecidos por el trueno del escape libre; así que cuando intentaban dar una vuelta en u para regresar con la celebración, se encontraron con un Dodge Coronet al que tampoco habían oído venir tras ellos, fueron embestidos a gran velocidad y arrastrados, según la experticia, por ochenta metros. Vito murió en el sitio, y Manén esa misma noche en el hospital de Las Mercedes. El conductor del Coronet era un conocido de todos, casi habitual de los dos negocios, un lugareño que hacía de carro por puesto entre Las Mercedes y El Crucero, o más allá, según los pasajeros que contratara. Lo llamaban Cruz Amenaza, más que todo por su inagotable elocuencia, una habilidad cultivada en la carretera para luchar contra el sueño mientras manejaba para lejos. Era de esas personas que siempre le encuentran ángulos a cualquier tema, por chato que parezca. Ahora no paraba de llorar, repitiendo entre efluvios y groserías: —No me oyeron, coño, no me oyeron—. Durante un tiempo largo volvió a las casas de las víctimas, conversando compungido, como queriendo ser perdonado por algo que nadie le encaraba; su depresión hizo desaparecer al efusivo chofer de ruta que amenizaba el viaje por aquellas soledades con una buena conversación, muchas veces impuesta alegremente, si sus pasajeros venían amodorrados por el calor o inmersos en el cálculo de su futuro. —Caramba, en este carro parece que viniéramos cinco enemigos—, y así la gente le reía la gracia y comenzaban a hablar todos al mismo tiempo. Pero eso era antes de la tragedia y nunca ocurrió de nuevo. Las dos familias acordaron eximirlo de responsabilidades, las autoridades apenas lo reconvinieron por rodar tan rápido, sin mucho énfasis, porque en aquellas largas distancias todo el mundo conduce ferozmente, y culpan de las colisiones a quienes, con desaprensiva imprudencia, viajan dentro de los límites, atravesados como gallo malo, decían. Los velorios y los entierros fueron simultáneos, pero después, el padre Ramos, que nunca permitió que lo llamaran padre Rafael ni padre Antonio, como eran sus nombres, debió visitar las dos casas para recordarles que los designios de Dios son inescrutables y deben ser aceptados con valor y resignación, que nadie tuvo la culpa de la tragedia más allá de los mismos muchachos, y por tanto, hizo énfasis en que, dejados de hacerse reproches y malos ojos, debían construir una capillita conmemorativa con dos cruces, los nombres de bautizo de los dos chicos, y celebrar una misa conjunta donde lamentaran la muerte y enaltecieran la existencia. La vida continuó con más risas que llanto, las familias crecían como se esperaba, la irrevocable lección fue aprendida por los menores de las dos casas, se impuso cierta disciplina, concretando planes, sondeando vocaciones, el luto como tal duró muy poco, la capillita a orillas de la carretera se convirtió menos en un lugar de veneración que en una referencia de citas, y la fecha fúnebre, con invitados, misa y comilona, resultaba después casi una fiesta.

—Nuestros muchachos, tan alegres que eran, hubieran querido que fuera así. —racionalizaban dentro de su peculiar normalidad, que solo sería interrumpida tiempo después, ahora sí, cuando Mirtha Francisco, la viuda de Remigio Salas, debió hablar con su hermana Celia para contarle, aprovechando que Régulo, el esposo, estaba en los potreros, una confidencia que había recibido:

—Agárrate. Supe de buena fuente que tu hijita Noris, siempre tan descreída, tiene un enamorado, un cliente viajero, un tipo grande, de veintipico. Imagínate, nosotras que nunca guardamos un secreto. —le dijo riendo alto y terminando el abrazo con una sonora nalgada que enrojeció a su compuesta hermana, sorprendida por el suceso menos sorpresivo de la vida.

JP

Juan Rivas Pulido

@juanrivaspulido