Transtextos
Relato8 de agosto de 2026· 5 min

UNA SEMANA SANTA EN NUEVA YORK

FQ
Frank Baiz Quevedo
@franzbaiz

Fragmento de novela

Domingo de Ramos

Cuando Alejandro identificó a lo lejos el perfil imponente y cómplice de Manhattan, respiró aliviado. El puente de Queensboro y el cielo plomizo sobre la ciudad confirmaban que la espera había terminado. Cerró los ojos y aspiró el aire helado que se colaba por la ventanilla. A su lado bostezaba Carola, real como nunca y muerta de sueño.

El taxi avanzaba. Carola contemplaba el horizonte de rascacielos.

Alejandro la contempló por un instante. La vio perderse en la lejanía y reconoció en el objetivo de su mirada la silueta del Empire State. Solo entonces advirtió que estaban a punto de cumplirse doce horas desde que se habían encontrado en el terminal frente a Parque Central, en Caracas. Él llevaba un largo rato cabeceando sobre un libro que el sueño no le dejaba entender. La había visto aparecer en la oscuridad, embutida en un abrigo de invierno que parecía prestado. Ella avanzó a grandes pasos, le sonrió, le susurró al oído que no había dormido, le plantó un beso rápido y le apretó la muñeca con la mano helada.

En el aeropuerto, Alejandro escogió un par de asientos alejados de los mostradores. Tardó unos segundos en acostumbrarse al frío metálico de las butacas y sonrió al constatar que ella seguía frotándose las manos. Carola se recostó sobre su hombro, jugó con la sortija de fantasía de su anular izquierdo y terminó cerrando los ojos. Alejandro permaneció con la vista fija en los carteles de Pan American. Siguió el paso ocasional de los viajeros y volvió una y otra vez al enorme reloj circular de la zona de embarque. Sintió el peso de Carola dormida y la oyó suspirar. Habría podido acariciarla si no lo hubiera asaltado la urgencia de palpar la chaqueta y comprobar que la cajetilla seguía allí.

Ya en el avión, esperó a que la carrera sobre el asfalto diera paso al mar y estiró las piernas. Cerró los ojos y dejó que el aire se escapara de sus pulmones. Tomó la mano de Carola y lo invadió el recuerdo de los últimos días: el boleto reservado a nombre de Diana Runque, el cambio del nombre y del apellido, el sudor pegajoso en la agencia de viajes, la operadora corrigiendo la reserva con una paciencia que apenas disimulaba el reproche, y Carola a su lado agitando el sobre de los pasajes con una ingenua felicidad. Apretó la mano dormida para sentirla presente y asegurarse de que todo era verdad.

El avión aterrizó con puntualidad. El aeropuerto JFK estaba abarrotado y, por un momento, Alejandro no supo en qué banda recibirían las maletas. Se libró de la duda cuando encontró en el boleto el número de la cinta de equipaje. Volvió a palparse el bolsillo y se enfiló hacia inmigración, seguido por Carola, despierta y mirando a todos lados. En la caseta se plantó frente al funcionario y no le quitó la vista de encima. El agente hizo unas preguntas de rutina, revisó los pasaportes y les dio la bienvenida, atento a otra cosa que Alejandro no pudo discernir, pero que lo hizo suspirar aliviado.

Por fin cruzaron la puerta de salida. Alejandro intercambió una sonrisa con Carola y la rodeó con un abrazo mientras avanzaban hacia la estación de taxis. Hora y media más tarde, atravesaban Manhattan. Carola lucía más despierta y no dejaba de comentar cada detalle de lo que ocurría en la calle.

El taxi avanzó unas cuadras congestionadas y dobló hacia Broadway. El cielo estaba cargado de nubes y los transeúntes avanzaban por las aceras contra el viento. Carola sonrió con franqueza cuando vio aparecer los primeros letreros de Times Square. Sus ojos se empañaron.

—¿Qué te parece? — la interrogó Alejandro.

—Imagínate.

Y sintió otra vez, en sus dedos, el calor de la mano de Carola que por un instante era la mano cálida de su novia adolescente.

Apenas entraron en la habitación, Carola se libró del abrigo. Alejandro ubicó las maletas junto a la cómoda y se agachó para abrir la Samsonite rígida heredada de su madre. La valija mostraba una leve raspadura del traslado, que Alejandro examinó con atención; el equipaje forrado en tela rosa de Carola lucía intacto. Se asomó a la ventana y giró la cabeza, como tratando de calcular el alcance de la panorámica que les habían otorgado.

Carola se dejó caer con todo su peso sobre la cama. Se despojó de los zapatos, lanzó las medias y suspiró. Permaneció con los ojos cerrados. Cuando los abrió, sonrió. Alejandro se había sentado en una poltrona de cuero y madera, al lado dejo televisor RCA, y se había descalzado.

—Me voy a bañar. ¿Tú qué vas a hacer? —preguntó Carola.

—Voy a ver zapatos —respondió Alejandro—. Hush Puppies.

Carola hizo una mueca burlona. Tomó impulso, bostezó estirando los brazos.

—Te sigues muriendo de sueño —comentó Alejandro.

—Eso se me quita ahora.

Carola se metió al baño.

Alejandro volvió a su maleta, sacó sus prendas dobladas y las guardó en una de las gavetas. Luego se calzó, buscó el abrigo, rescató la cajetilla de cigarrillos, la abrió apenas y acercó la nariz para aspirar el olor dulzón que escapó entre los filtros. Sacó las camisas, cuidando no arrugarlas, empujó la cajetilla hasta el fondo y volvió las camisas a su lugar.

—Me estoy yendo —dijo, proyectando la voz hacia la puerta del baño.

Escuchó la respuesta ininteligible de Carola detrás del torrente de la ducha.

Bajó en el viejo ascensor, disfrutando del olor a madera y encierro que para él era el perfume de Manhattan. Al salir a la calle 48, giró hacia el oeste en busca de la Octava Avenida, pero se detuvo de improviso a mitad de cuadra y decidió tomar rumbo a Times Square. Descendió por Broadway con paso apresurado. Sorteó una manada de turistas que se interpusieron en su camino y dobló por la 42. Los vestíbulos de los teatros lucían desiertos y, aun así, algunas marquesinas ofrecían novedades. Las actrices de los carteles de todas las salas hasta el Rialto le resultaron conocidas y solo dos películas del Victory parecían estrenos. No tuvo tiempo de concluir el inventario cuando las primeras gotas de lluvia se estrellaron sobre el pavimento.

Cuando llegó casi trotando al Capri, ya había gente corriendo por la Octava Avenida en busca de refugio. Se guareció en el hall. Se sacudió las gotas que habían caído sobre su abrigo mientras exploraba el entorno. El caballete publicitario de la entrada anunciaba un reestreno con Jessie St. James. La película se llamaba Raincoat Crowd, pero una banda amarilla superpuesta al título lo subtitulaba: That’s Porno. Estudió el reparto: Annette Haven, Victoria Lake… Miró el reloj. Se precipitó a la boletería, extrajo un billete de diez dólares y se lo entregó a la dependiente sin responder cuando ella dijo algo del cambio. Se enfiló hacia la sala, apartó las cortinas húmedas y pesadas y se internó en el pasillo.

En la pantalla, Jessie St. James hablaba a cámara. Alejandro buscó asiento sin apartar la vista. Tanteó a ciegas hasta dar con un respaldo y se dejó caer.

Una enorme Jessie St. James cruzaba un puente de madera en lo que parecía Parque Central, aunque seguramente no lo era. Llevaba unos shorts brillantes y el cabello suelto; junto a ella, John Seeman, en pantalones cortos y camiseta, asentía repetidamente a cámara. Alejandro se arrellanó en el asiento y esperó a que Jessie terminara de presentar a la siguiente estrella invitada: era nada menos que Terri Hall. Alejandro miró el reloj. A esa hora Carola debía seguir en la ducha, disfrutando del agua caliente. Terri Hall apareció en la pantalla acompañada de una beldad negra desconocida. Claramente la película era un rip-off construido con loops de archivo, concluyó Alejandro y ya no apartó los ojos de la pantalla.

Eran las cuatro de la tarde cuando cruzó a paso redoblado frente a la zapatería y apenas miró un par de zapatos en la vidriera. Se apresuró de regreso hacia la calle 48. Atravesó el hall del hotel. Respondió el saludo de una muchacha que hacía el aseo. Esperó el ascensor tamborileando los dedos. Abrió la puerta y entró en la habitación. Carola estaba sentada en la banqueta frente al espejo de la cómoda, desnuda y con las rodillas recogidas. Lloraba en silencio.

—¿Qué te pasa, Carola? —dijo Alejandro, todavía con la llave de la habitación en la mano.

La dejó caer sobre la mesa de noche y se sentó al lado de Carola.

Carola seguía llorando.

—¿Carola, qué te pasa?

Lo miró durante un largo rato. Se secó las lágrimas, pero sus ojos se humedecieron de nuevo cuando apartó la mirada.

—No sé. Me sentí sola.

—Estoy aquí, Carola. Yo no me he ido.

Carola le sostuvo la mirada.

—¿Quieres que salgamos?

Carola pestañeó largamente. Sonrió. Se incorporó.

—Sí. Salgamos. Mejor.

Carola estiró su cuerpo, blanco e intacto, frunció la nariz en una morisqueta y volvió a sonreír.

Alejandro entró al baño y abrió la ducha mezcladora. Recibió el chorro intenso y sintió que sobre su cabeza y su cuello se diluían la salida intempestiva de la habitación, la caminata bajo la lluvia y el discreto silencio del Capri, y con él, el rictus arrebatado de Annette Haven, los belfos obscenos de Desiree West, los gestos procaces de Very Knotty, hasta que lo asaltó la imagen del agente de aduana del aeropuerto. Un golpe sobre la madera lo regresó hasta Carola desnuda, que se engalanaba afuera, a dos metros de distancia.

Cuando salió del baño, Carola estaba vestida con un traje ceñido, botas, y había comenzado a maquillarse. Alejandro miró el gran cartel de Mamma Leone's y se llevó el dorso de la mano al cuello.

—¿Tú no tienes frío?

—Estoy caliente, más bien —dijo Carola, bromeando.

Alejandro permaneció inmóvil, con la mirada fija en el cartel. Luego caminó hasta su maleta, sacó un estuche de tela lleno de medicamentos, eligió una cápsula verde y amarilla, se sirvió agua de una jarra y la tragó mientras observaba a Carola ajustarse el peinado.

—Es mejor que te abrigues. Aquí las Semanas Santas no son como las de Caracas —dijo Alejandro, volviéndose a tocar el cuello.

Alejandro percibió un gorgoteo. Carola se frotó la barriga.

Ambos soltaron una carcajada.

—Ya vamos a resolver eso —dijo Alejandro.

Entre la Octava y la Séptima, la noche se había apoderado de Manhattan. Carola se prendió del brazo de Alejandro. La calle rebosaba de predicadores callejeros y vendedores de droga. Un hombre de mirada perdida se les aproximó y Alejandro advirtió la inquietud en los ojos de Carola. La atrajo hacia sí. Se alejaron y, sin mirar las marquesinas, comenzó a enumerar los teatros que iban dejando atrás.

—Harem… Selwyn… Apollo… Times Square… Lyric… Rialto…

—Eres demasiado —dijo ella dándole un empujón y riendo, sin apartar la vista de los turistas de todas las razas que cruzaban frente a los teatros para adultos, engullían hot dogs, tomaban fotografías sin mirar lo que retrataban.

Entraron a cenar en The Cosmic Diner, un restaurancito griego de la Octava Avenida. Apenas se sentaron, Alejandro recomendó la ensalada griega y la taramosalata y, en el transcurso de la cena, describió con detalle la variedad de quesos feta que había probado en un mercado de víveres cerca de la plaza Omonia, en Atenas, y mencionó un viaje frustrado a Estambul. Carola se entretuvo recogiendo con el pan los restos de la salsa del cordero, repitió la ración de galaktoboureko que habían pedido de postre y rechazó el café turco que Alejandro ordenó para cerrar la cena, aunque luego le pidió un sorbo para probarlo. Mientras esperaba el café, Alejandro se llevó una mano al estómago. Permaneció así unos segundos, absorto. Luego pidió otro café.

La Octava estaba aún más concurrida cuando salieron del restaurante. Carola se quejó de una molestia en la bota del pie izquierdo y bromeó con que se lo reclamaría a la amiga que se las había prestado. Aceptó seguir paseando cuando Alejandro consultó la hora y le comentó que apenas pasaban de las nueve.

Alejandro tomó rumbo al sur. Anduvieron sin prisa hasta que se detuvo frente al Circus Cinema. Miró su reloj.

—Vamos a entrar. Es un estreno —dijo—.

Carola le frotó intencionalmente la nariz helada en la mejilla.

—Vamos, pues, me estoy congelando.

Mientras Alejandro compraba los boletos de A Scent of Heather, le explicó por qué valía la pena no perderse el estreno. Le mencionó una entrevista con Al Goldstein que había visto en Midnight Blue, en la que la actriz se mostraba particularmente inteligente. Carola reía consigo misma, como si dialogara con el frío.

Cuando se sentaron, un actor se quejaba en un largo soliloquio y Alejandro le susurró al oído el nombre: Paul Thomas. Dejó que la vista se acostumbrara a la oscuridad, apoyó una mano sobre el muslo descubierto de Carola y ella se recostó en su hombro.

Había parejas dispersas por la sala. Hacia la mitad de la película, Carola quiso saber qué ocurría y Alejandro le explicó que Paul Thomas acababa de revelar a Veronica Hart que eran hermanos. Permanecieron hasta el final. El supuesto incesto resultó ser un malentendido y la pareja terminó haciendo el amor. Carola se había quedado dormida y tardó unos minutos en despertar.

Alejandro reanudó la caminata hacia el sur, siempre por el lado oeste. La noche se había entibiado y algunas cafeterías seguían abiertas.

Al llegar a la calle 36, Alejandro se detuvo. Echó a andar de nuevo, ahora más despacio, atento a la numeración y a la distribución de los edificios de la avenida. Giró la cabeza, orientándose.

—Quiero seguir un poco más. ¿Estás cansada?

Carola negó con un movimiento de cabeza.

Dos cuadras más al sur, al ver abrirse Herald Square junto a la mole encendida de Macy’s, Alejandro volvió a detenerse. Más allá se divisaba el flujo que entraba y salía de Penn Station. Pidió que torcieran a la derecha y comenzaron a avanzar hacia el Hudson.

Carola seguía el rumbo, adormecida, como embriagada por el cansancio. Cruzaron esquinas oscuras, calles laterales que lucían desiertas, oficinistas que transitaban con prisa, un par de gigantones que empujaban un trolley hasta que Alejandro aminoró el paso y comenzó a leer las placas de cada edificio: 501, 505… 509 West 34th Street. Se detuvo. Dio un paso adelante y luego otro hacia atrás.

—¿Entramos? Es el sitio del que hemos hablado.

Carola volvió a prenderse de su brazo.

—¿Este es el sitio? —repitió Carola.

Alejandro la condujo hasta la entrada, empujó la puerta que alguien terminó de abrir desde adentro y dio un paso hacia el vestíbulo, con la mirada adelantándose a sus pasos.

Ingresaron a un hall estrecho y poco iluminado. En el centro del local de paredes negras había una sola mesa con tarjeteros y una caja de cartón para el dinero. Frente a ellas se movían, atendiendo a otros clientes, un hombre bajito y de bigotes y una mujer rubia, lánguida y espigada. Los dos llevaban camisetas negras con un logo blanco que imitaba un corazón o un par de cisnes estilizados que se daban un beso. La mujer les sonrió, tomó un cuaderno ajado y una lapicera. Les dijo con amabilidad que la entrada costaba ochenta dólares y le pidió el nombre a Alejandro. Después se dirigió a Carola. Carola interrogó con la mirada a Alejandro, sin entender. Alejandro sonrió brevemente y le inventó un nombre.

—Caroline.

Luego, mientras le entregaba al hombre cuatro billetes de veinte dólares que sacó de la cartera, volvió a repetir:

—Caroline.

La rubia extendió la palma de la mano hacia el fondo del local y les dio la bienvenida.

Había pocas parejas en el club. Alejandro intentó orientarse a partir de una imagen fija en su memoria: la del club entre la calle 74 y Broadway, en el sótano del hotel Ansonia, tal como lo había visto en el reportaje de James Petersen para la revista Playboy de mayo de 1978, que había releído tantas veces. Pero la geografía de este local era distinta: dos mesas de billar en la entrada; a la izquierda, la pista de música disco, casi idéntica a la del reportaje, iluminada por un globo multicolor que derramaba reflejos sobre unas butacas de cuero; más allá, el gran salón colectivo; al frente, la estación de comida y, al fondo de aquel espacio que parecía no tener fin, la piscina vacía y a oscuras, el jacuzzi circular y los estrechos cuartos de video con sus pantallas gigantes.

Tomados de la mano, vieron a algunas chicas bailar: unas con tacones, ropa interior y medias de malla; otras, con el torso desnudo. Descubrieron dos pasillos de cubículos privados detrás de los vestuarios, se asomaron al gran salón colectivo, de techo de cristal y cubierto de cojines y colchonetas, espiaron algunas parejas en la oscuridad de la piscina vacía y se detuvieron a contemplar a quienes retozaban desnudos en el jacuzzi.

Carola no le soltaba la mano. Se asomaron a los cuartos de video y descubrieron a tres parejas tendidas en cómodas butacas que miraban las pantallas de un videobeam. Se detuvieron allí.

Alejandro reconoció el video: era C. J. Laing, la misma actriz de una película que habían visto varias veces en el Teatro La Galerie del centro comercial Concresa. En la pantalla, que distorsionaba los colores, acababa de comenzar la escena que tanto los había impactado: la de Suzanne McBain.

Carola se aferró a Alejandro, como lo había hecho tantas veces desde el reencuentro. Se miraron a los ojos y ella le apretó el brazo. Como aquel día, seis meses atrás, cuando él la siguió en su automóvil después de haberla visto subir con una niña en brazos a un autobús en su barrio de siempre. Ella había esperado el momento preciso para bajarse cerca de las torres de El Silencio, acercarse al auto, abrir la puerta y decirle:

—Sabía que me estabas siguiendo.

Como si no hubieran transcurrido quince años desde la última vez. Como si ella ahora no llevara una niña en brazos.

Alejandro susurró:

—¿Entramos?

Y estornudó.

—Ya me tomé algo. Estoy perfecto —dijo Alejandro, cortante, cuando ella lo interrogó con los ojos. Buscaron un asiento desde donde pudieran contemplar la pantalla y las parejas que se acariciaban mientras observaban cómo otros hacían el amor.

En la pantalla apareció la escena de Suzanne McBain en la escalera. Pero para Alejandro ya no era Suzanne McBain. Eran ellos en Plato’s Retreat. Como en La Galerie, en Bello Campo o él solo en el Cinevog de Montparnasse, en toda Europa, en toda su vida, volvió a acariciarla y a dejarse acariciar. Comenzaron a tocarse abiertamente, como lo hacían las otras parejas que él observaba de soslayo. Buscó la mirada cómplice de Carola y se encontró con la mirada cansada y desconcertada de una mujer que le sonreía. Se incorporó. Le dio la mano para que se levantara.

Salieron. Comentaron la experiencia de la sala de video. Ella bromeó con que era como estar dentro de una película. Él sonrió apenas, con la mirada fija en las parejas del jacuzzi.

Caminaron hasta el ala de la entrada de Plato’s y Carola quiso detenerse en la estación de refrigerios. Se sirvió ensalada y papas frías y comió con un apetito que sorprendió a Alejandro.

Entraron en los vestidores, donde una muchacha delgada y de cabello afro les entregó una ficha, les pidió la ropa, y les anticipó que la propina recomendable era de diez dólares, que podían dejar a la salida.

Alejandro miró la espalda desnuda de Carola, envuelta en una toalla; sintió el frío de la alfombra bajo los pies descalzos y la caricia del sistema de calefacción, que envolvía la pista de la discoteca y se iba desvaneciendo hasta la entrada del amplio salón colectivo. La alcanzó y le pidió que pasara. Sobre las colchonetas color ladrillo había tres parejas. Una pelirroja pecosa conversaba con un muchacho barbudo y, más allá, una pareja negra reía y se acariciaba. Entonces reparó en una rubia de cabellera larga que los observaba, como salida de las páginas del reportaje de James Petersen.

Se tumbaron sobre las colchoneta a estudiar el ambiente, y entonces Alejandro se vio reflejado en el techo de cristal: su imagen invertida y opaca sobre los cojines de Plato's Retreat, el pelo ensortijado de Carola, la pareja negra, el cabello rubio de la chica que los miraba.

Volvió hacia Carola y la besó en el cuello. No se percató de que tenían a la rubia encima. La chica posó una mano sobre el muslo de Alejandro; su enorme acompañante bigotudo abrazaba a Carola por la espalda y acercaba el rostro para besarla. La chica se adelantó y quiso besar a Carola en la boca. Entonces Carola levantó el brazo y mostró la palma abierta.

La pareja intercambió una mirada. Alejandro los vio apartarse con la misma delicadeza inesperada con que se habían acercado. La chica rubia se acercó a otra pareja que había entrado, mientras la pareja negra ya hacía el amor con frenesí y otra mujer, morena, de larga cabellera, se sumaba a ellos. La chica rubia y la recién llegada comenzaron a besarse y acariciarse la espalda y las nalgas.

Carola se arregló el cabello. Permaneció acostada y siguió mirando.

En los vestidores, Alejandro se demoró en cada trabilla del pantalón. Carola abotonó hasta el último botón de su abrigo. Alejandro sacó del monedero un billete de diez dólares y se lo entregó a la chica de los vestidores, que lo recibió con una sonrisa protocolaria.

Salieron a la calle. Alejandro se dio cuenta de que frente al club había un McDonald’s. El taxi amarillo, solicitado por los jóvenes de la puerta, no tardó en llegar. Lo abordaron.

A las dos cuadras, Alejandro tomó aire con dificultad. Preguntó, como si no le importara:

—¿Te sientes bien? ¿Qué te pasó?

—Nada. Me dio asco. Esa mujer.

El taxi deshizo el camino atravesando la ciudad solitaria. Cruzaron el hall desierto del hotel sin hablar. Carola dio un largo bostezo mientras el traqueteo del ascensor quebraba el silencio. Alejandro se llevó una mano a la barriga e hizo una mueca de dolor.

—¿Qué tienes? —preguntó Carola.

Alejandro sacudió la cabeza.

—No sé —dijo Alejandro.

Entraron en la habitación y Alejandro se tumbó en la cama.

—Estás pálido. ¿Qué tienes? —insistió Carola.

—No sé. Algo me cayó mal. Debió ser la terramicina.

Alejandro se levantó como empujado por un resorte y comenzó a vomitar, a retorcerse con espasmos. Corrió al baño y allí expulsó hasta el último rastro de comida y bilis. Abrió trabajosamente el grifo del lavamanos y vio desaparecer un resto de la celulosa de la cápsula que había tomado horas antes, ahora pálida y desleída. Cuando se volvió hacia Carola, estaba bañado en lágrimas.

—No puede ser.

Alejandro se inclinó de nuevo sobre el lavamanos y siguió vomitando. Su cuerpo se cimbraba sin su voluntad. Las lágrimas y la saliva le lavaban la cara. Buscó acomodarse en la cama y terminó sentado, con la cabeza hundida entre las manos, llorando y gimiendo sin parar. Con voz ronca decía que había esperado toda su vida ese momento y que no podía más.

Carola seguía mirándolo mientras escuchaba cómo, en el baño, el agua del grifo se derramaba inútilmente.

FQ

Frank Baiz Quevedo

@franzbaiz